¡Suéltenlo!

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¡Suéltenlo!

Octubre 02, 2019 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

José Saramago, el Nobel portugués, es uno de mis autores favoritos. Vuelvo sobre sus libros una y otra vez pues tiene el encanto de convertir en verdad lo que solo está en su imaginación. Hay textos suyos que superan el realismo mágico de nuestro compatriota. Solo a Saramago se le ocurrió que la Península Ibérica se desprende de Los Pirineos y flota por el Atlántico hacia Occidente, causando angustia en aquellos sitios con los que algún día tendrá que topar.

Solo a Saramago se le ocurrió concebir un país en donde nadie muere, y su gente tiene que buscar otro lugar para morir pues la sobrevivencia general se convierte en serio problema social.

Solo a Saramago se le ocurrió crear un pueblo de ciegos, con un solitario vidente, y solo a él se le vino a la cabeza lo que sucede en ‘El memorial del convento’. En fin, todas sus obras son perfectas, y contó con una traductora al castellano magnífica, su propia y joven esposa española.

Su libro que más me gusta es ‘El Evangelio según Jesucristo’, en el que en uno de sus pasajes Dios se le aparece a Jesucristo, su unigénito amado, y le dice que Galilea quedó estrecha y que es menester abrir un nuevo escenario. Que ya curó leprosos y resucitó muertos, pero que esos milagros no trascienden el mar de Tiberíades, por lo que hay que montar algo espectacular para captar otras zonas del mundo conocido hasta entonces, y entre ellos se cumple un diálogo, que yo con la venia del autor resumo así:

- ¿Y qué se te ocurre, Padre mío?
- Que mueras en la cruz.
- ¿Con clavos en manos y pies?
- Sí, y con corona de espinas.
- ??????
- Será una muerte atroz, pero al tercer día resucitarás, subirás al Cielo y te sentaré a mi diestra.

El martirio de Jesús hizo que el cristianismo se extendiera por el orbe, y ahí estamos hoy millones de creyentes que tenemos por cierto el triste episodio narrado por los evangelistas.

Porque el martirio engrandece a la víctima. Kennedy y Gaitán hubieran sido un par de viejos cacrecos si no fuera por Juan Roa Sierra y Lee Harvey Oswald. Y Jesucristo habría terminado de anciano en asilo, conversando con “María, la tierna y Marta, la sentida”, como calificó al par de chicas el maestro Valencia.

A pesar de ser crítico de Álvaro Uribe, ruego al mismo Dios para que el lunes próximo la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia, luego de oírlo en indagatoria, el magistrado sustanciador le diga respetuosamente:

Señor expresidente, si bien el proceso penal por soborno y manipulación de testigos sigue adelante, puede irse a seguir su campaña para las elecciones regionales del próximo 27. Saludos a doña Lina y abrazos a esos emprendedores excelsos que son su preciosos hijitos, Tom y Jerry. En la Plaza de Bolívar le espera multitud de sus fans. Chao, chao, chao.

Imploro al Altísimo que esas palabras que pongo en boca del togado sean las justas. No quiero ver a Uribe en una celda así sea por pocos días. No porque sobrevenga delicada alteración del orden público, sino porque la medida lo elevaría a categoría de mártir, y ahí sí, quién se lo aguanta. Si sin corona de espinas es como un abejorro que se estrella repetidamente contra los vidrios de la ventana, imaginémoslo en la foto saliendo de La Picota.

Ni Alfred Dreyfus, ni Edmond Dantes, ni Jean Valjean lograron tanta solidaridad como la que así conseguiría Uribe. Por Dios Santo, no lo toquen, no lo ingresen al martirologio político. ¡Suéltenlo, suéltenlo!

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