Santos pasa, Colombia queda

Santos pasa, Colombia queda

Septiembre 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Personalmente he visto una vez en mi vida al expresidente Álvaro Uribe, hace muchos años en un desayuno en el Club Colombia cuando él era gobernador de Antioquia. Confieso que me causó admiración ese hombre que estaba haciendo excelente gestión en su departamento, al punto de creer que sería la carta ideal del liberalismo para suceder a Andrés Pastrana y su fracasado proyecto de paz. Jamás volví a ver a Uribe, quien luego se convirtió en acérrimo adversario del partido que le había dado altas posiciones en el sector público.Al no tener cercanía con el personaje, ignoro cómo es en la vida privada. No sé qué tan amigo es de sus amigos. Desconozco cómo son sus relaciones familiares. No juzgo si tiene sentido del humor pues siempre muestra cara de rabia contenida y a veces incontenida.Por no estar al tanto de su cuadro psicológico que lo lleva a volcar ese odio increíble sobre el Presidente y ese rencor infinito por lo que considera traición, asumo que todo se debe a su creencia de que el Acuerdo alcanzado por Santos mancilla la memoria de don Alberto Uribe Sierra, asesinado por las Farc, dolor intenso que Uribe carga sobre sus hombros, con toda razón.Entonces presumo que Álvaro Uribe cree que el Acuerdo es una maniobra artera de Santos, quien ha hecho desde el Gobierno lo contrario de lo que él hubiese hecho a través de Andrés Felipe Arias, que era su candidato preferido.Admitiendo eso, me parece que los colombianos debemos acostumbrarnos a tolerar el complejo sistema biliar de Uribe, sin importarnos si sus malestares hepáticos puedan ser controlados algún día por la doctora Elsa Lucía Arango, su médica bioenergética.Pero lo que no es de recibo es que haya logrado Uribe que sus seguidores muestren los mismos síntomas de alteraciones de comportamiento tan profundos que los lleven a portar el mismo bulto de odio contra Santos y su animosidad contra el proceso de paz de La Habana, muchos de ellos amigos míos, que de cordiales camaradas y personas agradables se convirtieron en verdaderos gladiadores romanos. ¡Ave, Caesar, morituri te salutant!A esos amigos quiero decirles que el Presidente es un transitorio episodio en la historia de Colombia, que ingresará con pena o con gloria a sus páginas. Por esa razón sus malquerientes deben desligarlo al votar el plebiscito, que no será duelo a muerte entre Santos y Uribe sino la ocasión para que le digamos Sí a un pacto que puede traer la paz al país.En menos de dos años Juan Manuel Santos saldrá de la Presidencia, y posiblemente si su proyecto pacificador concluye exitosamente, recibirá el Premio Nobel de Paz en Oslo, y se dedicará a la docencia, que es su aspiración declarada, y a no interferir en lo que haga o no haga su sucesor. Se irá Santos pero queda Colombia, con sus inmensos problemas, pero con un conflicto superado, el de las Farc, y sin esa guerrilla podrán las Fuerzas Militares y de Policía enfrentar los otros frentes delincuenciales.Olvidémonos de Santos y de Uribe el 2 de octubre. Espero que la mayoría de mis compatriotas vote Sí, y ojalá que los que voten negativamente no tengan arrepentimiento, como el de los británicos con el Brexit, porque el triunfo del No sería catastrófico, como lo pronostica Humberto de la Calle pues al día siguiente del plebiscito se iniciaría la segunda parte de una guerra atroz que el Estado colombiano es incapaz de contener, y en donde no será posible una nueva negociación.

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