Rafael Araújo Gámez

Rafael Araújo Gámez

Abril 03, 2019 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

En 1948, Colombia sufrió una más de sus innumerables tragedias, quizás la peor de todas porque el país jamás pudo recuperarse de las tremendas consecuencias que dejaron una sociedad más dividida de lo que ya estaba en los 128 años trascurridos desde 1820 cuando en Cúcuta se constituyó en república.

El 9 de abril fue devastador para el alma nacional, no solo porque ese día fue asesinado el más destacado caudillo popular que ha conocido la política criolla, sino porque nunca pudimos salir del foso al que nos condujeron los tres proyectiles que salieron del revólver de Juan Roa Sierra.

Para mitigar el rescoldo de odio que se apoderó del país, alguien resolvió crear el campeonato profesional de fútbol, y así surgieron varios equipos que compitieron en los últimos meses de aquel año aciago.

Santafé resultó el primer campeón, y a sus líneas incorporó varios jugadores extranjeros como Germán Antón, argentino, y Luis Lires López, español.

La fórmula sanadora resultó eficaz pues las pasiones políticas amainaron, y al año siguiente comenzaron a aparecer equipos importantes como Deportivo Cali, América, Millonarios y otros, al punto de que en 1950 se dio inicio a lo que se llamó El Dorado del fútbol colombiano porque los conjuntos estaban llenos de astros foráneos y unos pocos nacionales.

En aquel tiempo, como dicen los evangelistas, este escriba con 15 años cursaba bachillerato en Bogotá y se metía todos los domingos al destartalado estadio ‘Nemesio Camacho El Campín’, a ver esos gigantes del balón como René Pontoni y Héctor Rial en Santafé; Alfredo Di Stefano y Adolfo Pedernera en Millonarios; Juan Carlos Toja y Schubert Gambetta en Cúcuta Deportivo; Valeriano López y Vides Mosquera en Deportivo Cali; Vitatutas y Ávila en Deportes Caldas, en fin, todos competían por armar los mejores cuadros.

Pero si se me pregunta a quién se debe mayormente el auge que tomó el fútbol entonces, no vacilaría en responder que fue Carlos Arturo Rueda, un costarricense que narraba en una de las emisoras capitalinas los partidos programados en ‘El Campín’.

Rueda, además, todos los domingos a las 8 de la noche sintetizaba como si los hubiera presenciado los partidos que se habían jugado esa tarde. Era increíble su conocimiento de los futbolistas, y uno cuando no podía asistir al estadio, se consolaba oyendo la prodigiosa voz de Carlos Arturo.

Si a alguien pudiera yo comparar con aquel gigante de la narración deportiva diría que es mi amigo entrañable Rafael Araújo Gámez, que tiene más mérito que el viejo ‘tico’ pues a este no le tocaba emular con la televisión. Pero Araújo estaba ahí al pie de la jugada, y con su bien timbrada voz exclamaba repetidamente el nombre del conjunto que marcaba gol.

En el ‘Pascual’ o fuera de él yo sintonizaba la emisora en la que Rafael formaba ‘combo’ con mis queridos Mario Alfonso Escobar y Vicente Blanco (Qepd). Con el doctor Mao y el Gallego, Araújo se apoderó de la audiencia hasta cuando le dio por cerrar el micrófono.

Tengo por Araújo no solo reconocimiento por sus dotes de narrador, sino también por su vasta cultura literaria y su amplio conocimiento de cine. Es un placer compartir momentos con él pues a todas sus virtudes une la desbordante simpatía caribe.

Gracias, querido Rafael, por tanta felicidad que me diste cuando mi equipo marcaba y tú gritabas repetidamente: “América, América, América, América, ya no hay tiempo de llorar, el balón adentro”.

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