Muerte de un valiente

Mayo 21, 2015 - 12:00 a. m. 2015-05-21 Por: Jorge Restrepo Potes

Este título podría corresponder a una de esas estupendas películas de Sergio Leone, que encumbró las aventuras del Viejo Oeste norteamericano y que le permitió a Clint Eastwood convertirse en uno de los grandes actores y directores del cine.No. No pretendo referirme a una de aquellas películas que conservo en mi cinemateca y que frecuentemente repito pues doy por cierta la sentencia del ‘Loco’ Arbeláez que decía que para ver una buena película hay que repetir la que alguna vez nos gustó.Acaba de morir uno de los hombres más valientes que yo haya conocido en mi vida, bastante larga. Falleció en Bogotá y el sepelio se cumplió en Tuluá, su ciudad natal, Ignacio Cruz Roldán, que el 9 de julio de 1955 suscribió con otros ocho liberales una carta al director de El Tiempo, don Roberto García-Peña, en la que denunciaban el accionar criminal de León María Lozano, el tristemente célebre ‘Cóndor’, máximo ejecutor de la violencia que sufrió mi pueblo, en obedecimiento de precisas órdenes que se fraguaron en la cima del Gobierno nacional.En este espacio reseñé hace unos meses el libro de Omar Franco Duque -‘Carta suicida de Tuluá’- en el que este paisano narra, apegado a la verdad histórica, lo que sucedió en esa atroz época de encarnizada violencia contra el Partido Liberal.Ignacio Cruz, Aristides Arrieta, Andrés Santacoloma, Jaime Valencia, Diego Cruz, Daniel Sarmiento, Alfonso Santacoloma, Álvaro Cruz y Fabriciano Pulgarín, fueron los firmantes de ese documento. Al día siguiente de su publicación en el diario capitalino, cayó acribillado en la plaza principal el abogado Aristides Arrieta. Meses después fue asesinado don Andrés Santacoloma, anciano que se encontraba en la sala de su casa con su pequeña nieta, y luego murió con un balazo en la cabeza su hijo Alfonso. El día que salió Rojas Pinilla de la Presidencia -10 de mayo de 1957-, un ‘pájaro’ disparó un tiro que dio en la boca de Ignacio Cruz, quien siguió contando el cuento de milagro.Ignacio Cruz -Nacho para todos- fue un político de tiempo completo. Creo que pocos sabemos que se recibió de bacteriólogo pues siempre andaba en el ajetreo partidista. Curiosamente, a pesar de tener con él estrecha amistad, nunca militamos en el mismo sector del liberalismo vallecaucano, pues cuando él era balcarcista, yo era holmista, pero jamás menguó el recíproco afecto.Fue concejal, diputado, representante a la Cámara y senador. Cónsul en Maracaibo, Venezuela, y en Marsella, en la costa mediterránea francesa. Pero por encima de todas esas dignidades fue un auténtico líder que gozaba haciendo y hablando política. Tuvo movimiento propio que denominó ‘Centro y Norte del Valle’ con el que ni daba ni pedía cuartel en las justas electorales. Emulábamos en la búsqueda frenética de los votos liberales donde los hubiese, pero en la vida social fuimos entrañables camaradas.Perdió un hijo en la tragedia de Armero y enviudó de una extraordinaria mujer, Mariela Ortiz Vidales. Permaneció en Tuluá hasta que su salud deteriorada obligó a sus hijos a llevarlo a Bogotá, en donde falleció el 10 de mayo, 58 años después del balazo que recibió en el rostro.Hoy el Partido Liberal necesita de gente con la personalidad de Ignacio Cruz, así de corajuda y con esa lealtad sin sombras al trapo rojo. Ojalá contáramos con multitud de copartidarios como él. Lo recordaré siempre con inmenso afecto y profunda gratitud.

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