La reforma

La reforma

Septiembre 11, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

El ‘slogan’ de campaña para que el pueblo introdujera en las urnas una séptima papeleta -a todas luces inconstitucional- para que el presidente César Gaviria le pidiera al Congreso la expedición de una ley de convocatoria de una Asamblea Constituyente -que luego la volvieron Constitucional-, fue que ese era “el camino” para una Colombia mejor.Se eligieron los flamantes constituyentes, algunos de dudosa reputación que utilizaron dineros turbios para lograr los escaños, y allí aparecieron tres fuerzas casi iguales en número: los liberales, los conservadores y los del M-19, cuyo líder Antonio Navarro, junto con Álvaro Gómez y Horacio Serpa presidieron ese cuerpo deforme del que salió en medio del júbilo inmortal ese engendro al que denominaron Carta Política de 1991, de la que hacen loas muchos y que en estos 23 años ha sufrido tal número de reformas que ya es solamente una colcha de retazos.Como la gente prefiere decir Constitución y no Carta Política, pues digamos aquí que esa Constitución que nos rige es poco menos que horrenda, pese a que algunos la consideran “garantista”, sin que yo haya podido descubrir las garantías que otorga, salvo la tutela que por no haber sido bien reglamentada, ha creado un caos judicial pues los jueces tienen que dedicarse a despacharlas en lapso corto, con perjuicio de los demás asuntos que llegan a sus despachos.Aparte de prohibir la extradición de colombianos, que luego fue reinsertada, esa Constitución, creó, sin tener músculo suficiente para financiarlas, instituciones de diversa índole, muchas de ellas inútiles y costosas, como el Defensor del Pueblo, cuyo nombre recuerda a los comisarios soviéticos de la época de Stalin, que es un paquidermo sin oficio notorio. El Consejo Superior de la Judicatura es a más de inservible, perjudicial, pues allí opera impunemente el carrusel para que cualquier amigo de los magistrados mejore la pensión cuando lo nombran en un encargo judicial de elevado salario. La Procuraduría la convirtieron en una especie de tribunal de la Santa Inquisición, que ha llegado a extremos increíbles con este nuevo Girolamo Savonarola que hay ahora. A la Fiscalía le quedó grande el sistema penal acusatorio, que arrancó sin funcionarios que entendieran que el otro había desaparecido.Además, como estábamos acostumbrados a la vieja Constitución de 1886, que por más retrógrada que la consideraran algunos liberales y la gente de izquierda, tenía al menos un adorno: el exquisito castellano en que estaban redactados sus artículos, en los que se veía la pluma maestra de don Miguel Antonio Caro, a quien el presidente Rafael Núñez encomendó la redacción de los textos. En el Externado, como buen amante de las finas letras, me encantaba leer, como si fuera un breviario sacerdotal, la Constitución, y me importaba poco que los profesores recordaran que el señor Caro sentenció que se había creado una presidencia imperial, infortunadamente electiva.Me sentiría feliz de volver al pasado con la vieja Carta, con la reforma liberal de 1936, con todo y el ‘estado de sitio’, que tanto les sirvió a los conservadores para sus pilatunas a raíz del asesinato de Gaitán hasta el retorno de la democracia con Alberto Lleras en 1958.El actual Gobierno ha presentado un proyecto de reforma constitucional, que busca el equilibrio de los poderes, que modificará por lo menos 30 artículos, lo cual dará ocasión para una nueva nota.

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