La guerra y la paz

Octubre 19, 2022 - 11:40 p. m. 2022-10-19 Por: Jorge Restrepo Potes

Es posible que por haber vivido todas las violencias que en Colombia han sido, juzgo que buscar la paz, no solo por mandato constitucional, es un imperativo categórico porque un país puede tener la tasa de crecimiento superior a todos los registros mundiales, que sin paz nada tiene.

Porque, ¿de qué sirve ser el tercer país más bello del mundo, según el presidente Petro, si su gente vive en permanente estado de zozobra?
¿De qué sirve tener un subsuelo rico en minerales fósiles que permite disponer de amplias rentas debidas a los precios internacionales, si los colombianos padecemos a diario un atraco, un homicidio, un asesinato de un infante a manos de su padre, o el hurto impune de sus pertenencias en cualquier semáforo?

De nada sirve que logremos sortear los terribles efectos de la inflación galopante y de una posible recesión, si quienes aquí vivimos permanecemos con el credo en la boca, porque no todos tenemos ni el arma ni la capacidad de reacción del valiente que ‘neutralizó’ al delincuente que pretendió robarlo.

Sí, de nada sirve nada, si Colombia no alcanza la paz, la Paz Total, que es el proyecto bandera del actual Gobierno.

Cuando escucho a tres damas que desde el augusto recinto del Senado lanzan duras críticas contra ese proyecto gubernamental, me invade una duda infinita, porque pienso en una de dos circunstancias: o están presas de la histeria y por tanto deberían de acudir a la sabrosa terapia con la que el doctor Freud calmaba los acaloramientos de las pacientes en la Viena de finales del Siglo XIX, que salían felices de su consultorio a bailar valses a la orilla del Danubio. O se les ha corrido la teja porque supongo que tienen seres queridos que también están en la incertidumbre de unas vidas sumidas en el temor.

Creo que ellas y todos los colombianos tienen -tenemos- el deber de apoyar el programa con el que el Presidente anhela lograr la paz para todos. Allí no hay derecha, ni centro, ni izquierda. Allí hay la voluntad férrea de un hombre que entiende que los que votamos por él, y los que no lo hicieron, queremos vivir en paz.

Si consigue sentar en la mesa de diálogo al Eln, con agenda y término precisos, sea en Cuba, Noruega o Venezuela, bienvenido sea ese empeño.

Y si consigue convencer a los grupos delincuenciales -los movidos no por intereses políticos-, como el Clan del Golfo, que dejen de cometer fechorías y se sometan a la Justicia ordinaria con algunos beneficios, aplausos merece esa intención.

Petro y Uribe se sentaron a conversar. Petro y José Félix Lafaurie se sentaron a negociar tres millones de hectáreas para campesinos sin tierra. Quienes creían -yo incluido- que esas reuniones eran imposibles, tuvimos la alegría de ver a esos contendientes estrechando las manos.
Petro, inteligente como es, le otorgó a Álvaro Uribe la personería de la oposición, con lo que la redujo de los diez millones de votos de Rodolfo Hernández a los dos millones de votos que obtuvo el Centro Democrático en las elecciones de Cámara y Senado en marzo último. Ahí quedó en su plata.

He tomado para esta nota el título de la inmortal novela de León Tolstoi, que leí en mi juventud y volví a leerla no hace mucho tiempo. De esas lecturas deduje que es mejor la paz que la guerra. Alcemos, pues, no las armas sino las almas, y en coro gritemos: ¡Viva la paz!

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