Fanatismo

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Fanatismo

Mayo 20, 2020 - 11:40 p. m. Por: Jorge Restrepo Potes

Como la abuela paterna era hija de inglés, en los años de la Segunda Guerra Mundial la familia se reunía todas las noches frente al inmenso radio a escuchar las noticias de la BBC de Londres que daban cuenta del curso de la contienda y de la tenaz lucha que durante los primeros dos años libró Inglaterra solitaria, pues Francia no resistió la ofensiva del Ejército y la aviación nazis. Winston Churchill levantó la moral de sus compatriotas y fue uno de los vencedores, cuando Alemania se rindió el 8 de mayo de 1945.

A pesar de mi temprana edad, empecé a interesarme por el personaje central de la guerra: Adolfo Hitler, y a medida que fui creciendo iba leyendo lo que caía en mis manos sobre el ascenso al poder de este lunático que convenció con su verbo inflamado a uno de los pueblos más cultos de la tierra de que crearía un imperio teutón de 1000 años, con el que la raza Aria dominaría el mundo.

Creo haber leído los textos más importantes sobre ese fenómeno que fue Hitler, quien en 1923 inicia su actividad pública. Puesto preso, en la cárcel escribe ‘Mi lucha’, libro que contiene todo su proyecto político, que desde sus páginas liminares habla de que había que exterminar a los judíos. Nadie le paró bolas, y terminó matando seis millones.

Fundó un partido político, el Nacional Socialismo Obrero Alemán, más conocido como Nazi, con el que capitalizó el descontento por el humillante Tratado de Versalles que puso fin a la Gran Guerra -1914/1918-. Francia e Inglaterra impusieron a Alemania obligaciones imposibles de cumplir, y eso fue aprovechado por Hitler para insuflar en su pueblo el deseo de venganza, fácil de lograr en una sociedad tradicionalmente guerrera.

Como Hitler había nacido en Austria en una ciudad fronteriza llamada Braunau, pensó que eso era un problema para sus planes y entonces anexó a Alemania el imperio austriaco. Luego invadió a Checoslovaquia, y Neville Chamberlain, primer ministro inglés, le comió cuento y firmó con él un tratado de paz que de nada sirvió, como lo previó Churchill.

Al año siguiente las tropas nazis invadieron a Polonia, lo que forzó a Inglaterra y Francia a declarar la guerra a Alemania, con lo que se dio comienzo a esa tragedia universal que cobró 50 millones de muertos y la destrucción de Europa.

En los documentales de la época puede observarse que con una publicidad bien dirigida como la que ideó Joseph Goebbels se fanatizan las masas, que se convirtieron en una máquina de guerra no conocida hasta entonces. Casi toda Europa cayó en las garras de Hitler. No pudo con Inglaterra pues la Real Fuerza Aérea -RAF- evitó la invasión. No pudo tampoco con la Unión Soviética, en la que el crudo invierno de las estepas hizo retroceder a las tropas invasoras, que perdieron un millón de hombres. Los eslavos vengaron a sus 20 millones de muertos entrando los primeros a Berlín el 30 de abril de 1945, en el momento en que Adolf Hitler hacía ingerir una cápsula de cianuro a su esposa Eva Braun, para enseguida dispararse un tiro en la cabeza con su pistola Luger.

Varios de los altos jerarcas nazis fueron juzgados en Núremberg por un tribunal internacional, y casi todos ajusticiados en la horca. El más importante de ellos, el mariscal Hermann Göring, se suicidó antes de subir al cadalso.

Moraleja: los fanatismos conducen siempre al desastre. Los colombianos tan dados a ellos deberíamos tomar atenta nota.

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