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Emilio Aljure

Noviembre 18, 2020 - 11:40 p. m. Por: Jorge Restrepo Potes

No son muchas las personas que haya conocido en mi larga trayectoria vital que muestren un más alto tipo humano que el que todos reconocían en Emilio Aljure Nasser, cuyo noble corazón dejó de latir al término de una lucha tenaz que dio a la dura enfermedad que acabó por vencerlo.

Conocí a Emilio en la política liberal vallecaucana, cuando él y yo, bajo la dirección de Marino Renjifo, pretendíamos la reelección de Carlos Lleras Restrepo a la presidencia de la República, cuyo brillante desempeño en ese cargo unos años antes le hacían merecedor de volver a ocuparlo.

Las circunstancias políticas no eran las más favorables. López Michelsen en la Presidencia tenía que honrar su acuerdo con Julio César Turbay, que le obligaba poner el Gobierno al servicio de la candidatura de Harmano Gulito, como lo llamaba Klim, el más grande humorista de prensa que ha habido en Colombia.

Además, Turbay contaba con toda la fuerza clientelista de los liberales del Congreso, asambleas y concejos. Con el viento en contra, Renjifo y sus amigos dimos la pelea que, desde luego, perdimos por goleada.
Álvaro Escobar Navia, lúcido como pocos, vaticinó el desastre: Colombia -dijo- no se parece a Lleras; es idéntica a Turbay, paquidérmica y molondra, y por eso la batalla está perdida. Tal cual.

Aljure era el ideólogo del grupo. Siempre acertado en sus conceptos y con un desinterés total de alcanzar réditos políticos. Su deseo era servir por servir a una causa que él y nosotros estimábamos conveniente para el país. El tiempo nos dio la razón.

Su concepción de la filosofía liberal trascendía los límites del Partido que en Colombia la representa, pues él profundizaba en las raíces que inspiraron a los fundadores de la colectividad a mediados del Siglo XIX, quienes a su turno nutrieron su inteligencia en los principios que informan los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que fueron traducidos por don Antonio Nariño.

Tuve con Emilio una sólida amistad porque siempre me mostró su afecto y simpatía. Cuando le gustaba una de mis columnas, llamaba a felicitarme, o para hacerme ver si había cometido algún error. Con la sonrisa en los labios me dio fecundas enseñanzas sobre cómo se debe actuar en política, mirando el bienestar de la gente.

Graduado en derecho de la Universidad Nacional, un día abandonó los códigos pues comprendió que lo suyo estaba en la medicina. La Universidad del Valle le otorgó el título, y luego alcanzó diversos doctorados en prestigiosas universidades de Estados Unidos.

Con el servicio público como obligación ineludible, ocupó la rectoría de la Universidad Nacional, en difíciles momentos del claustro. Y después, en plena crisis de la Universidad del Valle, aceptó ser su rector. Ambas instituciones han lamentado su deceso reconociendo todo lo que hizo por ellas.

Últimamente -antes de la pandemia- me encontraba con él y con Sixta, su esposa, en las funciones de ópera que se daban en los teatros de Cine Colombia en Chipichape. Ya en silla de ruedas, no desaparecía de su rostro el gesto amable y cariñoso.

Hombres como él le hacen falta a una sociedad enferma como la nuestra. Los mediocres dirigentes actuales deberían de verse en el ejemplo de este varón consular en el que se reunían todas las virtudes.

A Sixta y a su familia les hago llegar el testimonio de mi consternación y de mi duelo.

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