El paseo millonario

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El paseo millonario

Julio 18, 2013 - 12:00 a. m. Por: Jorge Restrepo Potes

Soy admirador de Estados Unidos desde los años de infancia cuando en las pantallas de los teatros de Tuluá veía en las películas a los soldados del Tío Sam marchar a Europa a combatir las tropas nazis o a las islas del Pacífico a luchar con los ojirasgados súbditos del emperador Hiro Hito. La terrible máquina de guerra de Hitler había invadido no solamente a Francia sino también a Holanda, Bélgica y a cuanto se le atravesaba a las Divisiones Panzer. Y los japoneses, en acto pérfido, cuando el embajador nipón hablaba de paz en la Casa Blanca, la armada amarilla al mando del almirante Yamamoto destrozó en Pearl Harbor buena parte del poderío naval norteamericano.El presidente Roosevelt y sus compatriotas iniciaron una guerra que no era la suya para librar a la humanidad de la imposición de un sistema antidemocrático. Le dieron la mano a Churchill que soportó solo, apoyado en el orgullo inglés, dos años de combate hasta diciembre de 1941 cuando sus “parientes” estadounidenses entraron a la lucha, que duró hasta 1945 cuando capituló el Reich, y luego Japón no aguantó que le lanzaran la tercera bomba atómica.Desde entonces quiero a los gringos a pesar de una que otra “embarrada”, como el asesinato de Jacobo Arbenz en Guatemala y de Salvador Allende en Chile, ambos dirigidos por la CIA. Además, admiro sus logros en ciencia y tecnología, y en literatura han dado escritores de la talla de Whitman y Faulkner, que son orgullo de su patria. Para no hablar de la llegada al poder de Barack Obama, que logró lo que se creía imposible: que un negro ascendiera al mando de la nación más poderosa de la Tierra.Lo anterior sirve para decir que soy feliz cuando visito USA con mi familia. Allá vive mi hijo Federico, con su esposa y sus dos hijos, y, naturalmente, gozo viéndolos, y –aquí entre nos– uno de los disparadores de la alegría –mi american dream– es porque en Miami está Costco, la inmensa tienda en la que este tulueño se siente como Hansel y Gretel frente a la casa de confituras. Allí gasto lo que llevo en el bolsillo comprando cosas que me hacen feliz, y se me vuelve la boca agua ante la góndola de las películas, que ocupan buena parte de la maleta.Por eso cuando mi yerno a quien quiero mucho no solamente porque ha sido excelente cónyuge de mi hija con la que me dio dos nietas preciosas, sino también porque es alcahueta para llevarme todas las veces que quiero volver a Costco, me dijo que tendríamos en Cali una réplica del almacén gringo, no le creí. Hasta que PriceSmart abrió las puertas en el sur, y ahora en el norte, entendí que son idénticos a los de Miami, con precios increíblemente bajos y en pesos colombianos, que tienen a las otras “grandes superficies” pensando en la manera de enfrentar la dura competencia que se les vino encima.Ignoro el impacto que ese par de tiendas causará a los almacenes de cadena locales. Pero los ciudadanos del montón –que somos un montón- estamos felices adquiriendo los artículos de alta calidad que ofrece PriceSmart. Solo falta para completar la dicha que traigan películas que se ven en el Costco gringo, en donde he conseguido las clásicas y las modernas que están en mí ya grande colección de cine.Un amigo guasón dice que ir a estos almacenes es hacer “el paseo millonario” pues si uno no se controla, en la caja le suman el millón de pesos que valen los artículos que el cliente mete en el carrito.

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