El paraíso perdido

El paraíso perdido

Junio 09, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

No voy a referirme al extenso y célebre poema de John Milton que no creo que en los días que corren tenga muchos lectores pues, a decir verdad, tuve que hacer en mis años mozos tremendo esfuerzo para terminarlo, por una especie de reto que me impongo desde entonces y es que libro que empiezo libro que termino, así sea un ladrillo como Ulises de Joyce, con el que descrestan algunos que se las dan de intelectuales consumados.El paraíso al que me refiero es el edén perdido de Álvaro Uribe Vélez a quien se le ve el rostro atormentado idéntico al de Adán pintado por Miguel Ángel, que se admira en la Capilla Sixtina en Roma, y debe ser así pues cuando se ha tenido tanto poder da grima verse despojado de todo fuero, e inclusive rechazado por ciertos personajes, como Antanas Mockus quien ha promovido el quiebre de la armonía del Partido Verde al proclamar que no es de buen recibo el apoyo de Uribe a Enrique Peñalosa en la aspiración de este a la Alcaldía de Bogotá. Vale recordar que hace cuatro años, con todo el poder en sus manos, Uribe apoyó a Peñalosa en la misma aspiración de hoy, y resultó aparatosamente derrotado.Peñalosa, que es un saltimbanqui de la política, no hace más que coquetearle a Uribe y cuando este dice que Enrique será su candidato, Antanas Mockus y otros verdes se encorajinan y gritan que con tanto escándalo de corrupción en el régimen de la Seguridad Democrática, ese aliado sería lastre incómodo.Pero en donde mejor se aprecia la merma de poder de Uribe es en su oposición a la Ley de Víctimas, que tanto le arde al rijoso expresidente que ve en ella una iniciativa del Partido Liberal y eso basta para provocar su ira, pues estima que en esa ley se equipara a los bandidos con los miembros de las Fuerzas Armadas en cuanto a la reparación de las víctimas, con el reconocimiento del conflicto interno armado, que Uribe niega que existe, como si todos no lo viéramos a diario en vivo y en directo.Uribe reúne a su hueste parlamentaria y le ordena que no vote el proyecto mientras no se eliminen los artículos que a él irritan. Entonces el presidente Santos, que es hábil jugador de póker, observa sus cartas, las analiza y reúne en su despacho la bancada uribista, le echa su discurso, y todos salen aconductados para el Congreso a apoyar el asunto sin modificaciones. O, por lo menos, sin las modificaciones planteadas por el señor Uribe, que ya va siendo hora que entienda que las puertas del paraíso se cerraron para él el 7 de agosto de 2010.Ahora le ha dado también por incitar el distanciamiento de los militares con Santos, diciendo que los uniformados están siendo puestos en manos de una justicia politizada, y que eso conduce a una caída del ánimo de los combatientes al ser puestos en pie de igualdad con los guerrilleros, que al reconocer lo del conflicto interno, tendrán mayores espacios para su accionar delictivo, lo que no es así, como lo explican el Gobierno y los ponentes, con buenos argumentos.Con todo respeto, hay que recordarle a Uribe que los expresidentes, si no son muebles viejos como los llamó Alfonso López Michelsen, sí tienen la obligación con el país de ser faros que iluminen y no teas que incendien. Enardecer a las tropas, ponerlas en oposición a su comandante en jefe que es el Presidente, es ni más ni menos que la provocación del levantamiento.Calma, por favor, señor Uribe. Tómese las góticas homeopáticas y quédese tranquilo en El Ubérrimo.

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