'De senectute'

'De senectute'

Enero 09, 2019 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Marco Tulio Cicerón, nació en Arpino, Italia, el 3 de enero de 106 a.C., y murió el 7 de diciembre de 43 a.C.

Fue un estadista romano de alto nivel y uno de los más grandes oradores de la antigüedad clásica. Es conocido en los registros históricos por haber descubierto el complot que fraguaba Lucio Sergio Catilina para dar golpe de Estado contra el César de turno.

Cicerón se enteró de la traición de Catilina y lo denunció ante el Senado en cuatro oraciones célebres, conocidas como ‘catilinarias’, que conjuraron la intentona rebelde. El traidor murió en combate a los 46 años.

Pero para mí, a pesar de que vuelvo una y otra vez sobre las arremetidas de Cicerón contra el conspirador Catilina, que son las más perfectas lecciones de oratoria, no solo forense sino política, hay un escrito del noble romano que me llama poderosamente la atención, y es su estudio sobre la vejez y la muerte, que él tituló ‘De senectute’ –‘De la vejez’, en traducción literal-, que dignifica lo que hoy llamamos la tercera edad, más concretamente la ancianidad como una etapa de sosiego en la vida del hombre, en que se adquieren la paz y la tranquilidad del alma.

Yo que no me cocino en dos aguas, y que he visto correr tanta por debajo de los puentes, releo este ensayo y me sumo en un descanso espiritual total. Siento que he logrado estar en paz con la vida a la que nada debo, como decía el poeta.

Las penas sufridas las compenso con las inmensas alegrías que el Señor me ha deparado: unos hijos y nietos de ambos sexos, que son mi felicidad, con quienes comparto momentos gratísimos, y una bella esposa que ha sabido soportar mis defectos sin cuenta.

Por eso, cuando veo el rostro avejentado de Álvaro Uribe Vélez, que sólo frisa 67 años, con la frente surcada de arrugas, el rictus permanente de amargura en los labios, sugiero que alguien de su entorno le obsequie ‘De senectute’ para que logre amainar la tempestad que ruge en su recio pecho, y así pueda ampararse en el cálido amor de Tomás y Jerónimo, sus vástagos emprendedores, que ya son padres de progresiva chiquillería.

Álvaro Uribe debería, como Cincinato –otro prócer romano– refugiarse en uno de sus dominios campestres, donde llegarían las voces de sus compatriotas cuando la tragedia se cierna sobre ellos para que, como el patricio, venga a salvarlos de todo mal y peligro. Amén.

No está viejo Uribe, ya lo sé, pero casi. Está en la cumbre de la madurez, pero con esa permanente agitación, con ese constante conato por mantenerse vigente, con esa incansable batalla suya contra los molinos de viento, como ‘El caballero de la triste figura’, pueda afectarse su salud, y, de veras, Colombia lo necesita en pleno uso de sus facultades físicas y mentales para que, cuando reciba el llamado suplicante de su pueblo amado, salga de su bucólico retiro.

Protesto enfáticamente por el insulto atroz que le soltó Carlos Peña, director del Centro Democrático en Santander, que lo llamó “viejo cac...” No soy capaz, como sí lo hizo Adolfo Zableh en su columna de El Tiempo, de completar el duro adjetivo.

Ahorro las cuatro letras finales, a pesar de que ese vocablo es de las pocas palabras inventadas por los colombianos, como berraco con b de burro, porque Álvaro Uribe puede ser todo lo que se quiera, menos eso. Es un varón. Es un macho alfa. Un Supermán. Un Capitán Maravilla.
Uribe encierra en su magra figura todo el universo de los personajes creados por Marvel.

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