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Silencios que matan

Marzo 01, 2020 - 06:20 a. m. 2020-03-01 Por: Jorge Ramos

Hay veces en que un barco se puede convertir en un infierno.

Ese es el caso del crucero Diamond Princess que llegó al puerto de Yokohama, Japón, desde el 4 de febrero. Cerca de 3.500 personas -incluyendo a unos mil miembros de la tripulación- estuvieron allí en cuarentena y no pudieron bajar del navío hasta el 19 de febrero. Allí se produjeron 454 casos confirmados del coronavirus pero pudieron ser más. El crucero es, proporcionalmente, el lugar más infectado del mundo. El 13 % de sus pasajeros y tripulantes fueron contagiados.

Es una Wuhan en miniatura, la ciudad de 11 millones de habitantes que fue el epicentro de esta nueva cepa del coronavirus (Covid-19). Hasta ahora, decenas de miles de personas se han infectado y, más de 2000 han muerto en la China continental, incluyendo al doctor que alzó la voz y advirtió del brote.

La tragedia de esta epidemia que ha dejado a este barco y a ciudades enteras en cuarentena es que se pudo haber evitado hace mucho. En lugar de una crisis mundial serían unos cuantos casos. De haberse actuado con transparencia, habría bastado una llamada, una alerta a la comunidad internacional o una orden sanitaria para aislar a las primeras víctimas que se infectaron en el mercado de Wuhan, que ha llevado a la Organización Mundial de la Salud a declarar una emergencia global de la salud. Pero los funcionarios locales censuraron los primeros reportes y trataron de controlar la información en lugar de controlar la epidemia.

Fue el dogma por encima de la salud, el partido antes que el país, la imagen antes que el impacto mundial. Cada infectado es un fracaso del viejo sistema que oculta y oprime. Que se aprenda la lección: controlar información de interés pública puede ocasionar desastres, y eso es cierto para todos los gobiernos, de China a México.

Desde finales de diciembre, cuando el doctor Li Wenliang comunicó a sus compañeros de la escuela de medicina de un posible virus riesgoso, en lugar de hacerle caso la policía de Wuhan lo acusó de propagar rumores y lo obligó a retractarse diciendo que su comportamiento había sido “ilegal”.

No fue hasta el 20 de enero que un prominente científico chino -el doctor Zhong Nanshan- reconoció en la televisión estatal que el coronavirus se podía contagiar entre humanos. Pero la advertencia llegó tarde. Para entonces la epidemia ya estaba fuera de control y se había extendido muy lejos de Wuhan. El virus se empezó a regar por el planeta y así llegó hasta el Diamond Princess.

Entre los pasajeros del barco están el mexicano José Antonio Alatorre y su esposa Lissa, recluidos en un camarote sin ventanas. “No importa si es de día o de noche, esa es nuestra situación en este cuarto interior”, dijo José Antonio en una entrevista que grabó su esposa en su celular. “Si nosotros contáramos con un balcón, hubiéramos tomado la decisión de no salir a caminar como se nos ha permitido por una hora”. No pasan hambre. En su cuarto reciben tres comidas al día. Pero ese es todo su contacto con el mundo exterior. Los Alatorre han acatado las restricciones impuestas por la línea del crucero y el departamento de salud de Japón, incluyendo el lavar sus propios cubiertos y usar la regadera como lavadora personal. Japón no puede correr riesgos. Celebran las olimpiadas este verano.

El verdadero temor es que el coronavirus llegue a las naciones más pobres, donde no hay los recursos ni el personal médico para enfrentar una crisis de salud de dimensiones enormes. En las zonas rurales de América Latina y África sería potencialmente destructivo. Por ejemplo, más de 11.000 personas murieron en Sierra Leona, Guinea y Liberia por el ébola entre marzo del 2014 y enero del 2016. “Lo peligroso”, me dijo en una entrevista el doctor Juan Rivera, “es que en el caso del coronavirus puede ser que tú no tengas ningún síntoma, estés incubando el virus y me lo puedas pasar”. Es probable que los contagios continúen. La epidemia no ha dado señales de estabilizarse y, según dijo a The New York Times el doctor Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EE.UU., habrá una vacuna disponible en un año, en el mejor de los casos.

Mientras, la vida transcurre lenta y, para los Alatorre , a oscuras y con temor. Quieren regresar a México, pero no a cualquier costo. “Me preocupaque pueda contagiar a mis seres queridos o a otras personas”, dijo José Antonio. Ellos saben que hay infiernos de los que se puede sobrevivir.

En esa pesadilla en altamar todo es gratis. La compañía informó que reembolsará el costo total del crucero. Pero lo que nunca se recupera es la credibilidad y la confianza. A los funcionarios de Wuhan se les olvidó, o nunca lo aprendieron, que la única manera de lidiar con las crisis en nuestra era globalizada y digitalizada es con total transparencia.

Este nuevo coronavirus es la evidencia más clara de que hay silencios que matan. Y mientras más profundos, más letales.

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