‘Si me regresan, me muero’

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‘Si me regresan, me muero’

Septiembre 08, 2019 - 06:20 a. m. Por: Jorge Ramos

Miami.- Si deportan a Jonathan Sánchez a Honduras se va a morir. Este joven de 16 años sufre de fibrosis quística. Su hermana murió de la misma enfermedad que atasca los pulmones con flemas imposibles de sacar. Pero esa tos letal no pareció importarle al funcionario que les envió una carta a sus padre diciéndoles que la familia tenía 33 días para irse de Estados Unidos. Para Jonathan, esa carta era una sentencia de muerte.

¿Qué pasa si te regresan a Honduras?, le pregunté en una entrevista vía satélite. “Pues, básicamente, la muerte”, me contestó. “Me ha pasado en ocasiones que si no hago el tratamiento por un día, empiezo a toser bastante. Me canso. Me cuesta respirar. Sufro de dolores de estómago y no suelo digerir bien la comida. Eso es lo que me pasa si no los hago en un día”.

La guerra contra los inmigrantes se está extendiendo hacia los más débiles. Ya no se trata de separar a niños de sus padres en la frontera, de poner a menores de edad en jaulas o de considerar quitarles la ciudadanía a los hijos de indocumentados nacidos en Estados Unidos.
Ahora el gobierno del presidente Donald Trump se lanzó en contra de niños enfermos. Como Jonathan.

Hay un esfuerzo concertado del gobierno Trump para limitar el número de extranjeros en EE.UU., particularmente cuando vienen de América Latina. Y la campaña presidencial de 2020 tiene que definir qué tipo de país queremos ser.

Jonathan y sus papás, Gary y Mariela, entraron como turistas hace tres años. Luego solicitaron quedarse a través de un programa médico de acción diferida para que Jonathan pudiera recibir tratamiento. No es una categoría migratoria muy grande. Pero salva muchas vidas.

El mes pasado la agencia encargada de otorgar esos permisos -el Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos (Uscis)- decidió cancelarlos casi todos. El mensaje para Jonathan fue fulminante: “Debo abandonar el país en 33 días o voy a ser deportado”. Mariela no lo podía creer y llamó para pedir explicación. “Solo nos dijeron que nuestra solicitud había sido negada. Que no podían darnos nuestra extensión”.

Los Sánchez la han pasado mal y saben a qué se enfrentan. La hermana mayor de Jonathan murió en Honduras de la misma enfermedad.
“Cuando nuestra hija nació, en nuestro país ni siquiera los médicos sabían qué diagnosticar”, me dijo Gary. En un esfuerzo desesperado, le tomaron una prueba de sangre y la enviaron a Estados Unidos. Poco después llegó el resultado a Honduras: padecía de fibrosis quística. Pero la información llegó tarde. La niña ya había muerto.

Y para no repetir la historia con Jonathan, los Sánchez emprendieron el camino hacia Estados Unidos. Cuando hablé con Gary, estaba desesperado. “En este momento no tenemos muchas alternativas. No sabemos qué hacer”, me dijo. “Hemos estado esperando por meses una respuesta y de repente nos dicen que esta es negada”.

“A algunas personas antiinmigrantes les gusta decir: ‘No estamos en contra de la inmigración, solo estamos en contra de la inmigración ilegal’”, publicó hace poco en Twitter la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez. “Si fuera cierto, entonces haríamos que la inmigración legal fuera fácil y segura. Pero cada día este gobierno está deteniendo la inmigración legal”.

Es cierto. Jonathan y sus papás hicieron todo legalmente. Entraron a Estados Unidos legalmente, solicitaron su permiso de estadía médica legalmente y tramitaron sus extensiones legalmente. Pero el gobierno de Trump les dijo que no... hasta el lunes 2 de septiembre.

El Presidente no suele disculparse ni da marcha atrás en sus decisiones. Pero no pudo contra la presión que Jonathan y otros pacientes le pusieron al contar sus desgarradoras historias en medios de comunicación y redes sociales. Sin publicidad ni reconocer ninguna equivocación, el Uscis informó que volverá a considerar solicitudes médicas como la de Jonathan. Gary me confirmó que sus abogados recibieron instrucciones para volver a presentar una extensión para los Sánchez.

Quisiera escribir que la moraleja de esta historia es que el bien siempre triunfa. Mi explicación es más realista. Aquí en Estados Unidos nos estamos enfrentando a uno de los gobiernos más antiinmigrantes desde que en 1954 se deportó a un millón de mexicanos en la llamada Operación Wetback. Y con tal de reducir su número de inmigrantes y tratar de revertir la diversificación de la población, el gobierno ha iniciado una campaña que va, incluso, contra niños enfermos.

Le pregunté a Jonathan qué les pediría a las personas que lo querían deportar. “Que no me maten”, fue su respuesta, brutal y directa. No hay nada más poderoso y conmovedor que la lucha de un niño por su propia vida. En eso sí creo.

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