Morir por Cuba

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Morir por Cuba

Julio 14, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jorge Ramos

Guillermo Fariñas cree que si muere en un acto de protesta, Cuba podría dejar de ser una dictadura. O, al menos, moverse en esa dirección. Eso es tener una enorme fe en lo que una sola persona puede hacer para terminar con el régimen de 54 años de los hermanos Castro. Desde 1983, cuando estuvo en Moscú, Fariñas no salía de Cuba. Ahora lo pudo hacer debido a una nueva ley que permite la salida a aquellos que consiguen una visa de visita. “Lo que más me ha impactado es la brecha tecnológica entre mi país y el resto del mundo”, me dijo durante una entrevista en Miami. “Cuba está en el siglo 17”. Literal y político: “Carretones de caballo en el interior y todas las estructuras destruidas”, es como Fariñas me describió la Cuba actual. Y más de medio siglo con una férrea y represiva dictadura.¿Por qué en este 2013 Cuba sigue teniendo una brutal dictadura? Por tres razones, me explicó Fariñas: “La falta de unidad dentro de la oposición, el aferramiento de los gobernantes, y la indiferencia y complicidad de muchos gobiernos del mundo”.Fariñas es muy incómodo para el régimen de la Habana porque conoce al monstruo desde dentro. Es el ‘Coco’. de los Castro. De joven fue miembro de la Unión de Jóvenes Comunistas y se enlistó en el ejército cubano. Fue herido en 1980, durante la intervención militar de Cuba en Angola, y estuvo en la Unión Soviética para recibir entrenamiento de oficial militar. Fue un fiel apoyo del gobierno hasta 1989, cuando rompió con los comunistas y protestó por la ejecución del general Arnaldo Ochoa. Trabajó como sicólogo en un hospital de la Habana hasta que denuncio en 1995 a su directora por corrupción. En un desenlace kafkiano, a quien arrestaron fue él. Esa fue su primera de muchas detenciones. Ha pasado más de una década encarcelado.La primera vez que Fariñas declaró una huelga de hambre fue en 1997, cuando fue arrestado por apoyar a un grupo de disidentes en Santa Clara. Desde entonces ha emprendido 22 huelgas de hambre más, lo que ha cobrado factura en su salud. En 2010, cuando ayunaba para protestar por la muerte de Orlando Zapata –disidente que murió en prisión tras negarse a comer durante 80 días– Fariñas sufrió una trombosis, lo que no lo disuadió de hablar en contra la opresión en su país; actualmente es el vocero de la Unión Patriótica de Cuba, grupo de oposición que dice tener unos 6.000 miembros en la isla. Los esfuerzos de Fariñas por llamar la atención al opresivo dominio del régimen comunista y el encarcelamiento de sus opositores han atraído las miradas de todo el mundo así como la del gobierno cubano. “Todas mis huelgas son al extremo”, me dijo, y su cuerpo lo corrobora. Se mueve poco, como ahorrando energía. “Conmigo no hay puntos medios. Yo asumo la huelga cuando el gobierno hace actos inhumanos. Es ahí cuando tomo medidas autodestructivas que pongan al gobierno contra la pared”.Fariñas quiere regresar a Cuba a mediados de julio. Ni siquiera considera quedarse en Miami. “Respeto a los hermanos que están aquí”, me explicó. “Pero en este momento histórico un grupo de hermanos y de hermanas tienen que estar dando la batalla en Cuba”. Hace tres años Fariñas escribió: “Ya es hora de que el mundo se percate que éste es un gobierno cruel y hay momentos en la historia de los países en que tiene que haber mártires”.Él está dispuesto a ser uno de ellos, me confirmó el ganador del Premio Sajarov, otorgado a defensores de los derechos humanos, que por fin pudo recibir en Francia tres años después. “Si es necesario, sí”. Fariñas cree que hay que causar una conmoción internacional para que el gobierno castrista se resquebraje. “Hubo momentos en que el mundo no escuchaba” reflexionó. “Hoy escuchan. Pero lo que tiene que haber es una conmoción”.¿Y esa conmoción la podrías lograr tú con otra huelga de hambre?, le pregunte. “Yo pienso que si el gobierno cubano deja morir a un Premio Sajarov, le causaría un daño y tendría que hacer concesiones”, me respondió. Y de pronto, como si me entrara un escalofrío, me doy cuenta que estoy frente a un hombre que ha tomado la decisión de morir por la democracia en Cuba. Esta, pienso, puede ser la última vez que vea a Fariñas. Nunca dejan de sorprenderme las personas que están dispuestas a morir por defender sus ideas. Son pocos y miran distinto al resto de los mortales, como si vieran dentro del alma.El sabe que criticar al régimen cubano en el extranjero puede tener terribles consecuencias para él y para sus hijas, Haisa, de 18 años, y Diosángeles, de 11. “Nos pueden asesinar en cualquier momento”, me dijo sin subir la voz y sin emoción, como si hubiera repetido esa frase un millón de veces.Pero Fariñas no quiere que su vida (ni su muerte) sea en vano. Antes de despedirme le digo que me parece extraordinario que esté dispuesto a dar su vida por su país. “Esa es su opinión”, me dijo respetuoso. “Pero nosotros consideramos que defender a la patria no es nada extraordinario”. Este, concluyo mientras lo veo irse lentamente, es un hombre que ya decidió morir por Cuba.

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