La misa no ha terminado

La misa no ha terminado

Mayo 21, 2019 - 11:55 p.m. Por: Jorge Humberto Cadavid Pbro

Hace ya casi 20 años, en la mañana del domingo 30 de mayo de 1999, fiesta de la Santísima Trinidad, después de haber llegado de la Ciudad de los Parques la tarde anterior, con los sentimientos alterados, dejando a los míos que pasaban el momento triste de la muerte del padre del hogar, para cumplir con el deber de la familia a la cual me incorporé por seguir a Jesús en la Iglesia, dejaba a la familia de sangre para cumplir el llamado de la vocación con la familia en la fe.

Después de haber iniciado el encuentro dominical a las diez de la mañana, teniendo la presencia ya de Jesucristo en la Eucaristía y dirigiéndonos hacia el saludo de la paz, irrumpe en ese momento la oración un escuadrón de unos 30 guerrilleros del ELN, anunciándome al oído en el altar que había una bomba en el lugar y que debía dar la orden de salir inmediatamente; nos esperaban afuera dos camiones, un furgón y uno con carpa. Así se inicia el secuestro de la iglesia La María.

De las imágenes que llevo en el alma grabadas, se encuentra la de un pequeño que le interrogaba a su madre: “¿Por qué los malos nos hacen esto, si estábamos en misa?”, me hacía revivir el texto del libro de los Jueces, cuando el joven Gedeón reclama: “¿Si Dios está con nosotros, por qué nos pasa todo esto?” (Jc.6,13), más tarde, ya en libertad de nuevo, me encuentro con el afiche de este momento y creo que ya hoy, el niño de ayer se ha respondido al ver a su país y pensarlo con la ayuda de sus padres y por qué no con un buen discernimiento espiritual, que la misa no era la culpable, que Dios no tenía parte en el secuestro; que precisamente por eso Jesús, el Hijo de Dios, sigue muriendo en medio de nosotros, y la misa se sigue celebrando, no ha terminado, hasta que el sacrificio de ese hombre bueno, Dios en Jesús, haya cambiado la mente y el corazón de los hombres y nosotros podamos vivir como hermanos, sin considerarnos unos más que otros y así mirarnos a la cara y sentirnos hijos del mismo Dios, del mismo Padre.

Una segunda imagen que guardo con ternura y me alienta a que cuando se sueña se puede mantener la esperanza de vida y la ilusión para alcanzar un futuro mejor, es la de Don Javier, una persona mayor que estuvo muy cerca de mí y en una noche de las tantas que pasamos, al destapado de las estrellas y al frío de la montaña, cerca de un fogón en un pequeño rancho y cuando nos intentábamos calentar los cuerpos con las cenizas humeantes de las brasas; pensaba en voz alta: “Padre, que bueno que bajaran unos helicópteros y nos rescatarán”; “Don Javier, Dios no nos abandona, sucederá”, le respondí.

A veinte años de distancia de lo acontecido en La María, siguen las lágrimas brotando de los ojos de aquellos a quienes se les reviven el tiempo y las circunstancias sufridas aquel mayo 30 del 99. El corazón se arruga cuando el pasado se hace presente y se observa a esa misma Colombia de ayer que a pesar de tanto sufrimiento que pesa en la vida de muchos colombianos, no hemos sido capaces de ser más humanos, buscar lo bueno del otro y tolerar las diferencias, para poder escuchar el corazón del hermano y así entender que no es un enemigo y que quiere vivir y ser feliz, lo mismo que yo aunque no concuerda en mucho conmigo, pero que siente y sufre porque es igual de humano y vulnerable y por eso, en lugar de mirar su defecto u error, debemos buscar lo que nos une para así construir entre todos el mundo que nos merecemos porque somos criaturas de Dios y es así como podemos entonces terminar la misa que un día se empezó.

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