¡Usu-Usu!

¡Usu-Usu!

Febrero 12, 2019 - 11:55 p.m. Por: Jorge E. Rojas

El lote 582, Jardín S-53 del Cementerio Metropolitano del Sur, finalmente no fue su última morada: el ‘Palomo’ está vivo y sigue caminando las calles del 12 de Octubre, cada vez que un vecino de ese populoso sector lo inmortaliza en una conversación al borde de un andén, del zigzagueo ronco de las motos, o de los golpes de salsa brava que a todo volumen salen los domingos desde el Esquinazo del Doce, el billar recostado a las espaldas de la cancha de fútbol, que es la capital central de todo ese barrio caliente al oriente de Cali…

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(…) Con 1,92 de estatura y movimientos salvajes, el delantero era un espectáculo natural que rompía todos los moldes entre la selva de piernas de cada juego. A veces era un cazador del área, a veces salía como una pantera a la que le habían escondido el alimento, o a veces simplemente como un avestruz en fuga con el balón enredado en el infinito de sus piernas; pero siempre, siempre, un animal raro y hermoso, imposible de contener en cualquier jaula, así le pusieran barrotes dorados…

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(…) Leído con otra profundidad, el fútbol lleva incorporado un diccionario que quizás refleje las similitudes que mantiene con la vida misma, y esa es la razón del glosario que en su descripción congrega términos como fuera de lugar, juego limpio, autogol, túnel, tiempo adicional o pase de la muerte. O juego sobre la raya, el borde del margen donde Alveiro se habituó a existir, convirtiendo el precipicio en una tierra de fantasía donde lo imposible lo volvía realidad: gambetas incalculables, carreras sin distancia, goles sin ángulo, actos de escapismo, trucos de mago sacando palomas del sombrero…

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(…) En esa época, cuando la ciudad temblaba de miedo por las bombas que en las calles estallaban en el transcurso brutal de la guerra entre los carteles del narcotráfico, adentro del estadio Olímpico Pascual Guerrero Cali temblaba solo de emoción, cuando el hijo mimado del 12 de Octubre saltaba a la cancha a resolver lo indescifrable, con el número 23 colgando del dorsal y un atado de escapularios ajustado en la esbeltez de su garganta. Entonces en el murmullo de las graderías nació el clamor colectivo que empezó a unir las tribunas en un solo coro reclamando la dicha: ¡Usu-Usu! ¡Usu-Usu!, gritaban, no como un alarido de batalla, sino como un canto a la vida: ¡Usu-Usu! ¡Usu-Usu!, gritábamos…

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(…) La noche del miércoles 11 de febrero del 2004, Alveiro fue asesinado a tiros en la esquina de su casa, mientras jugaba cartas y dominó con varios de sus amigos. Le faltaban tres días para viajar a Japón a iniciar una nueva aventura en el fútbol. Tenía 37 años y había sobrevivido a una sanción de 24 meses fuera de las canchas por un doping positivo de cocaína que le dictaminaron en el 97, cuando se jugaba su segundo tiempo en el Independiente de Avellaneda. En Cali, condenado como un santo al que no le cabía ningún pecado en el pecho, ya no era visto como un ídolo. Acaso como una bala perdida…


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Alveiro Usuriaga sigue recorriendo las calles del 12. Estos son mordiscos de una crónica que, publicada en este diario, cuenta de qué forma su recuerdo todavía camina por ahí, aun a pesar de esta ciudad soberbia y mezquina que mató al ídolo que nunca quiso ver. Un intento amoroso que complementa el documental ‘La jaula del Palomo’, realizado con dos celulares y la complicidad de los parceros César Polanía, Hugo Mario Cárdenas y Nelson Montoya, quien nos ayudó en la edición y montaje. Para los hinchas de la vida, el regalo les queda en Youtube (basta teclear La Jaula del Palomo o dar click aquí)

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