Una pesadilla en Australia

Una pesadilla en Australia

Abril 23, 2019 - 11:55 p.m. Por: Jorge E. Rojas

26 años. Imagine, o recuerde, esa edad. El síndrome de la inmortalidad rebasando los consejos. La vida ardiendo en las venas, incandescente, sin final, sin fronteras, sin límites. El momento donde siempre parece haber un mañana y luego un día después. Aquella fracción en la que el tiempo todavía no es una orden cruel, sino todo lo contrario, acaso una broma para llevarla atada a la muñeca, en un pulso de caucho junto a un par de manecillas corriendo sin sentido detrás del segundero.

26 años y los sueños dándole vueltas al mapamundi. La tierra que gira a una velocidad que se puede alcanzar en bicicleta, con una mochila a la espalda y el anhelo de que no todo sea tan oscuro como lamenta el noticiero de la noche. Esa edad. Los sueños a esa edad. Estudiar inglés para poder ver cine sin letreritos. Para cantar a coro con los Stones, con Elvis, con Sinatra, con Bowie. O con el recuerdo youtubero de Lennon y, sin la traducción de google, entender la grandeza del universo que él imaginó.

Empeñarse en aprender el idioma universal para recorrer el Planeta sin visas idiomáticas. Para tener mil conversaciones esperando la llegada de un tren en la estación de Kanpur Central, en la India; o una charla de medianoche con un ebrio extraviado en el metro de Nueva York; para pedir una porción de ramen y comerlo a dos cucharas con un vago de las calles de Ho Chi Minh, mientras el humo del plato se disipa entre las viejas evocaciones de la guerra. Para buscar entender al otro, a los otros, a esta especie. Para celebrar al otro. Para celebrarse junto al otro. Por puro deseo oral. 26 años. Imagine, o recuerde, esa edad.

Con esos años, y un fervor parecido, el colombiano Julián Sáenz llegó el 21 de septiembre del 2018 a Melbourne, Australia. Después de graduarse de contaduría, montó un emprendimiento de distribución de pollos en Villavicencio, su ciudad, y así ahorró para irse luego de mucho esfuerzo. Se despidió de sus papás, de sus dos hermanitos, y viajó feliz.

Pero a los dos meses se apagó. Doblado por un pavoroso dolor de estómago, y tras días de vómito, Julián ingresó al Austin Hospital de Melbourne, de donde no ha podido salir desde esa primera consulta de urgencia. Para esta fecha ha perdido 30 kilos de peso, no puede caminar, tiene tubos y mangueras que le entran y le salen del cuerpo y los médicos dicen que después de todos los exámenes posibles, todavía no hay un diagnóstico que permita determinar la razón del sufrimiento que consume al chico. El primero de enero de este año su mamá, Concepción Velasco, pudo llegar para hacerle compañía en el hospital, donde una comunidad de colombianos les sirve de traductores porque ninguno de los dos habla inglés. Los colombianos amigos, estudiantes o residentes en Melbourne, se han convertido en los ángeles de Julián y además de organizar actividades para recaudar fondos que permitan ayudar a su sostenimiento clínico, se han encargado de ser las voces que hacen eco del drama y la injusticia:

Bupa, el seguro privado de salud que Julián debió pagar por adelantado cuando tramitó su visa australiana, ha dicho recientemente que no cubrirá los gastos del Austin Hospital argumentando que el chico, supuestamente, tenía una “condición médica pre-existente”, aunque los mismos médicos nieguen ese absurdo. El grupo de apoyo en consecuencia está empujando una solicitud formal para que la veeduría de los seguros privados del estado de Victoria, revise la decisión. Pero la diligencia, por supuesto, puede tardar semanas. Quién sabe si meses. Y el visado de Julián expira en mayo. Eso quiere decir que el chico tendría que regresar en esas condiciones, en un viaje de dos días con escalas hasta Colombia, donde aun no se sabe si su eps, Salud Total, cubra lo que sea que tiene. Por eso su deseo más urgente es la extensión de su permanencia en Australia, a través de la 602 Medical Treatment Visa. Si usted quiere ayudarlo con una donación, a nombre de la mamá, Concepción Velasco, en Bancolombia está habilitada la cuenta de ahorros 36488561388. Porque Julián, desde la cama, todavía sueña. Todavía. 26 años. Imagine, o recuerde, esa edad.

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