Rojo

Rojo

Enero 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Alguien debería decirles. Decirles lo que representa el color del que ahora visten los días de fútbol. Y pedirles que no se dejen llevar por este presente penoso porque aquí, como en casi todas partes, las apariencias engañan. Deberían decírselo por las mañanas: ¡este no es un equipo cualquiera! Repetírselo todos los días con el fervor de un credo: ¡Este no es un equipo cualquiera! Los grafitis que la barra pintó en uno de los muros de la sede de entrenamiento, con los rostros de los ídolos y las 13 estrellas que nos corresponden en el hoy lejano cielo del triunfo, probablemente no hayan sido suficientes para que entiendan la historia. Así que alguien debería ayudarles. Muchos quedaríamos agradecidos.Deberían contarles cómo empezó todo, la historia sin diablos ni trinchetes que asustaran a nadie. El tiempo de la pobreza feliz, cuando el nombre que nos junta como manada todavía no podía ser el de un continente porque empezamos siendo una patria chica, donde el fútbol era una fiesta que después del trabajo se celebraba en la calle, con las manos y caras sucias de fatiga. La gente, en la cancha de Galilea, se arremolinaba sobre la línea de cal para animar a la pandilla de entusiastas, casi todos muchachos humildes del Obrero, San Nicolás y Siloé, y de otros barrios populares, que con los bolsillos vacíos y los botines remendados, quién sabe si alguna vez descalzos, jugaban solo por amor. Por esa única pequeñez. Deberían recordarles quiénes fueron los verdaderos fundadores de este América, para que de paso les cuenten que es en su honor que este equipo también tiene un hermoso apellido: la pasión de un pueblo.Que alguien les diga. Que les expliquen que son esos genes los que empujan a la gente a llenar el estadio en cualquier parte, para alentar lo que representa la camiseta que ahora ellos se ponen de uniforme para ganarse la vida. En los años 30 y 40 les decían “los negritos”, mucho tiempo luchando en diminutivo, muchas penurias, mucha pobreza; luego fue “la mechita”, “la mecha”, campeones al fin en 1979, aquel 19, carnaval en San Fernando. De manera que al alentarlos mientras corren, el aliento es también añoranza de otro tiempo. No exactamente el de los títulos y los subcampeonatos de Copa sino más bien el de la lucha.La juventud siempre será buena excusa para el desconocimiento y ellos son jóvenes de modo que pueden no saberlo. Por eso tienen que contarles. Correr y meter ha sido durante mucho tiempo el rasgo más distintivo en la cara del equipo y dejar de verlo en la cancha se siente en alguna parte -cerca del pecho, tallando en la espalda y recorriendo la espina dorsal en un fastidioso hormigueo- como una ofensa a ese pasado. A ese y no al otro. Porque tenemos otro pasado, deben saberlo, el de la mafia de apellido Rodríguez que bajo el pretexto de su afición, llegó a ensuciar el color rojo para blanquear la plata malhabida que prostituiría a muchos jugadores.Que alguien les diga que los tiempos son otros. Que se acabaron los carros a cambio de goles y las fiestas de los excesos, con apartamentos como regalos y modelos complacientes contorsionándose al ritmo de la salsa, en noches calurosas donde la magia de los mágicos hacia caer la nieve. Que les cuenten que ya no están. Que siguen en la cárcel, lejos, muy lejos, y que de su opulenta abundancia no quedan rastros. Que les digan que aquí ya no podrán hacerse ricos. Que no hay fortunas a la vuelta de un par de buenos partidos. Pero que a cambio, lo que hoy les ofrece este lugar, patria chica de nuevo, es la posibilidad de ser ídolos un día y que sus caras queden pintadas en el muro de la sede de entrenamiento de Cascajal. Que les digan que la gloria no tiene precio. Que alguien les haga caer en cuenta a esos muchachitos, jugadores del América, que esta semana fueron abucheados en el aeropuerto. La gloria, ahora, es una noche de miércoles en el Pascual, la primera letra del abecedario. Que les digan que necesitamos que nos la devuelvan.

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