No pasa nada

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No pasa nada

Diciembre 17, 2019 - 11:55 p. m. Por: Jorge E. Rojas

Y de pronto no pasa nada. No hay paro, no hay protestas, no hay divisiones, y juntos nos arremolinamos otra vez, amnésicos y afanados: hay que conseguir un regalo, rezar una novena, fritar buñuelos, visitar a alguien, llegar, comprar, siempre comprar. El tráfico se desborda con hileras que lentamente tragan los parqueaderos del centro comercial, para darle espacio a otra fila de carros. Y luego a otra más. En el semáforo del McDonald’s nuevamente están los niños que cada diciembre se estacionan ahí, con las manos estiradas esperando a que el niño Dios baje los vidrios polarizados del auto y deje caer sus monedas en ese cruce de la Roosevelt. ¿Cuántos son esta vez? ¿Diez? ¿Quince? ¿Veinte? En el restaurante siguen vendiendo cajitas felices como si alimentaran. Afuera, el helicóptero de la Policía nos sobrevuela con villancicos. Tranquilos. No pasa nada.

Este fin de semana mataron a 17 personas. Estamos hablando únicamente de los muertos que anuncian, porque los asesinatos aquí toda la vida han tenido un subregistro conveniente. Entonces no es sensacionalismo: de acuerdo con los conteos institucionales, en once meses 1010 personas fueron asesinadas en Cali. Esto son más o menos tres homicidios diarios, y uno cada que se cumple un turno de trabajo. Si lo que muestran las fotos es cierto, un hombre al que apuñalaron en un ojo, alcanzó a su agresor y lo molió a golpes de piedra. Ocurrió este fin de semana en un parqueadero del barrio San Marcos, al oriente de la ciudad.

Es aquí donde vivimos. La ciudad que el 21N se exhibió dispuesta a matar y comer del muerto. ¿La recuerda? Hay un video que ahora viraliza una balacera del domingo, cuando una bandita de ladrones intentó meterse a un edificio y los recibieron a disparos. Es esta misma ciudad, con el hambre y el odio dándose plomo. El enfrentamiento ocurrió en el Oeste, a la vuelta de Light-Pan, a la entrada de Los Cristales, donde se supone que no pasa nada.

El Centro, como en ninguna otra época, se anarquiza mientras tanto como un imperio aparte. Es imposible que en ese caos haya un reflejo de autoridad: los vendedores están sobre los andenes, las motos van sobre los andenes, los carros se trepan a los andenes, y la gente peatonaliza las calles. A la vuelta del edificio de la Dian, se extiende por todos lados la mercadería recién desenlatada de contenedores chinos, libre de impuestos y de facturas. Muchas de las cosas que están ahí, son réplicas de marcas que tienen almacenes con montajes millonarios en la ciudad, pero tal parece que no les afecta, o no les importa. Bajo el aire acondicionado de sus oficinas, respetables empresarios paisas, lavadores profesionales, mafiositos disfrazados de inversionistas, siguen contando billetes.

A unas pocas cuadras, en el Centro que ya no les importa, Sucre y El Calvario siguen siendo una tumba de muertos que caminan. Frente a uno de esos murales que de un tiempo para acá recorren Cali, exaltando en colores entusiastas el nombre de los barrios, hay una esquina donde a cualquier hora se ven chicos atrapados en todas las estaciones del bazuco. En el suelo, algunos se retuercen como lombrices temblorosas, flacos, ciegos. Alguien ahí les da la droga. Ellos solo tienen que levantarse y conseguir las monedas. No importa lo que hagan. A un par de manzanas, está la Policía en la estación de Fray Damián. Tranquilos. No pasa nada.

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