Insólito

Insólito

Septiembre 22, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

En nuestro país, lo insólito es tan cotidiano que a veces no asombra. Hace unos meses, en el periódico Q’hubo, apareció la historia de Ubaldo García, un hombre que en Toro, Valle, recogió un polluelo blanco con la esperanza de que fuera un ave de corral. En otro lugar del mundo, quizás, el caso habría sido reseñado en primera plana: el pajarraco terminó siendo un gallinazo que ahora, por las tardes, ya negro y alilargo, camina a su lado las calles del pueblo, dócil como perro.Pero en este país donde todos los días el absurdo supera al absurdo, país de odios vestidos de traje y curul en el Congreso, un ave de carroña convertida en compañía para un hombre es invisible ante otras bestias. Lo insólito, sin embargo, siempre revolotea cerca de la nariz.Si en los periódicos aún existiera una sección para registrar los episodios de la realidad que a nadie cabe en la cabeza, tal vez un día allí podría aparecer un titular así: “En el departamento más dulce de Colombia, la solidaridad sigue siendo amarga”.Abajo, habría que explicar otras cosas insólitas. En Cali, dice el padre Óscar de la Vega, director ejecutivo del Banco de Alimentos de la ciudad, la gente que recibe una sola ración diaria de comida es tanta que podría llenar 1.200 aviones. Aviones como los Boeing 727. Entre las nubes de la imaginación, 1.200 aviones llenos de gente con hambre deberían molestarnos tanto como gallinazos sobrevolando s nuestras cabezas. Pero no. Lo insólito casi nadie lo ve.Muchas de esas personas sobreviven gracias a la labor del Banco de Alimentos de la Arquidiócesis, que todos los días recoge ocho toneladas de comida para clasificarla y disponerla al servicio de 180 organizaciones sociales dedicadas a aliviar el hambre de los más necesitados. Esas ocho toneladas son donadas por empresas, supermercados, graneros, tiendas, almacenes, fábricas y gente del común que también se vincula a través de mercados que le dejan al Padre en el Santuario de Fátima.Los supermercados, por ejemplo, les entregan cargas de frutas y verduras que aunque ya no pueden ser exhibidas en sus mostradores se encuentran en perfectas condiciones. En el Banco, a la comida que llega de los supermercados y de cualquier parte, le hacen una revisión detallada y si hay partes malas las desechan; si es imposible almacenar, las frutas se convierten en pulpa congelada. El Banco, a diferencia de cualquier otro, es un banco honesto y en vez de quitar, da. Su lema, de hecho, es dar para recibir.Lleva 14 años funcionando y aunque los primeros 10 tuvo una labor más asistencialista, el Padre dice que ahora su función es otra: “Mientras trabajamos por la sostenibilidad alimentaria, nosotros hacemos conciencia del problema. En la medida en que sigamos trabajando, vamos a mantener vigente la necesidad de que el problema sea abordado y que la gente se siga solidarizando”. El banco vive de las donaciones. Su funcionamiento vale 108 millones de pesos.En las bodegas del Banco, el Padre tiene suministros de aseo enviados por una multinacional, cajas de dulces, también ropa, no perecederos. Varias empresas de la región se han vinculado como aportantes frecuentes. Pero no son tantas como deberían. Mientras enseña lo que pronto será distribuido, el Padre dice que si 20 empresarios, cada mes le dieran 20 toneladas de comida, mucha gente podría dejar de bostezar para ocupar sus bocas con sonrisas.Es insólito, pero muchas puertas siguen cerradas. Muchos ojos no alcanzan a ver los gavilanes en el cielo. Es insólito lo que ocurre con los ingenios: solo dos de ellos le entregan donaciones. Entre los dos, al mes, suman 10 bultos de azúcar. 10. “En el departamento más dulce de Colombia, la solidaridad sigue siendo amarga”. Como en los periódicos ya no existe la sección de insólitos, el titular aparece aquí.

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