Está escrito

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Septiembre 05, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

“…Dios… Protégenos de todo mal y peligro… Gracias por todo señor…”“Desde el cielo Dios nos cuida y quiere. Vivamos unidos el cumplimiento de su mandamiento de su amor…”“La voluntad todo lo supera combatiente…”“Julio del 2010: Siempre que estemos en nuestra labor, policías, miremos primero nuestro entorno y quién nos rodea. Siempre hay personal que nos está mirando cómo actuamos, nuestro qué hacer diario… Pidamos a Dios que en todo siempre esté él… Oremos el Salmo 91… Nuestras familias nos esperan en la casa con los brazos abiertos”Sobre paredes que una vez estuvieron pintadas de verde pastel, adentro de una casa fantasma donde solo quedaban disparos entre los muros, las leyendas terminaron escritas en tinta de lapicero de manos de policías que en algún momento fueron asignados a patrullar las calles de Toribío, aquí muy cerca del Cali, en el norte del Cauca. Leo todo en una memoria digital con fecha de varios años atrás. Entonces la guerrilla de las Farc atacaba el pueblo más o menos cuando quería: camuflados desde los picos de las montañas, lanzaban tatucos o disparaban a la caza de los uniformados sin importarles qué o quién quedara en la mitad. Las salpicaduras de los ataques sacaban a la gente corriendo y así varias casas deshabitadas se fueron levantando como trincheras para los policías que hacían guardia en las calles.Para el 2011, nuestra historia contaba catorce tomas guerrilleras y seiscientos hostigamientos contra ese pueblo donde los policías tenían que vivir escondidos adentro de un búnker; como si quienes estaban ahí, los policías rasos, muchachitos que vivían para escapar a ver sus familias cada seis meses, los peones en el ajedrez de la guerra, fueran los malos del paseo. Una vez en el 2002, cuando en Toribío no había búnker sino una estación, 200 guerrilleros de la columna Jacobo Arenas de las Farc estuvieron dándoles plomo sin parar por 20 horas. Los policías se quedaron sin munición y para salir con vida tuvieron que rendirse. Apenas eran 14. De no haber sido por la movilización del pueblo, que salió a rodearlos, encima de todo los habrían secuestrado. Pero se atravesó la gente y solo se les llevaron las armas vacías.Esa es la razón del búnker. Una vez para tratar de reventarlo, la guerrilla llenó de dinamita un bus-escalera y lo dejó rodar para que se les estrellara de frente. El estruendo y los restos que la onda explosiva levantó por los aires, perforaron 460 casas alrededor. 103 personas quedaron heridas. Y cuatro murieron. Junto a los tres civiles, un policía, el sargento Hernández, que detrás del búnker sembraba tomates y yuca. Meses atrás, cuando su mamá supo que lo iban a trasladar para Toribío, había ido a buscar al teniente Santana, el comandante del muchacho, para encargarle personalmente su cuidado. Haciendo alusión a uno de los peores escenarios de guerra posible en el mundo, a través de una combinación de palabras, los uniformados llamaban al pueblo ‘toribistán’; las trincheras que sobre restos de casas, iban armando en la calle, por muchos años fueron el muro de sus esperanzas y lamentos: “Helicóptero Policía placa HK 5027, un viaje en busca de la esperanza. Comisiones 15-09-2012…” “Ciro caga podrido…”, se alcanzaba a leer en las paredes que una vez fueron verde pastel.Ahí, a dos horas de Cali, al otro lado de una montaña, en la gente corriendo, hombres y mujeres mutilados, niños que ya no fueron niños, en el odio sembrado por medio siglo, en la sangre regada sobre la tierra, en las casas que se caían a tiros, hasta en las paredes, lleva años escribiéndose de distintas formas: la guerra no es el camino. Leamos bien. Aunque todavía falten muchos ajustes, reescribir nuestra historia comienza con un sí. Ahora que hemos llegado tan lejos, no nos dejemos engañar.

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