El amor que aquí no fue

El amor que aquí no fue

Agosto 13, 2019 - 11:55 p.m. Por: Jorge E. Rojas

Entonces Yolanda al fin supo que era verdad. Que a su hermano lo habían amado mucho más de lo que dijeron los rumores en la televisión de hace veinticinco años, cuando Alveiro El Palomo Usuriaga volaba en las canchas del sur del continente elevando su nombre a la inmortalidad de la idolatría.

Y entonces supo que lo amaron por mucho más que los goles y los títulos que dejó en Avellaneda, la patria que lo hizo suyo también desde las calles vecinas al estadio de Independiente, donde Alveiro caminó sus primeros pasos hacia la felicidad que en tantas formas le presentó Argentina. Y supo que lo amó Buenos Aires, la ciudad insomne y delirante por la pelota, que al verlo jugar vestido de rojo durante el 94 y parte del 97, se hizo hincha de su apellido por encima de los colores que son clanes en el distrito capital. Porque lo que hacía ese muchacho en las canchas eran cosas tan únicas que paradójicamente no resistían las exclusividades y terminaban siendo de todos.

Allá, en Argentina, El Palomo fue el fútbol mismo: esa poesía que tiene en la incertidumbre su razón de ser, y que halló en sus piernas la interpretación permanente de la improvisación para elaborar algunos de los versos más sublimes en la construcción del gol, como ocurrió desde que anotó jugando contra Ferro, con la camiseta número nueve ceñida a la pantaloneta y los dreads salpicando la sonrisa fluorescente que le dedicó a la gradería en la celebración del segundo de la noche, un doble enganche en el área que concluyó de izquierda y sin impulso al segundo palo, en un descaro sin afanes que provocó el frenesí de la tribuna, volcada hacia su figura como si él hubiera sido Bob Marley y todo eso un concierto donde la vida podía ser liviana, festiva y sonriente como el reggae.

Lo amaron por esa melodía que llevaba al caminar la vida. En Buenos Aires Yolanda visitó a Xavi, que ahora tiene 33 años y conoció a Alveiro desde su primer tiempo en Independiente. Se toparon en un salón de maquinitas cuando él era un niño y estaba con su mamá, Vivi, que recuerda haberlo identificado por el anillo que cubriéndole dos dedos de la mano anunciaba en oro y a los cuatro vientos su apodo: Palomo. Ese día el niño le ayudó a ganar en un juego a Alveiro, que desde ese día lo declaró ‘el niño de la suerte’. Así empezaron una relación de amistad que en su resumen tiene viñetas que los muestra compartiendo el fútbol en un parque, o un plato de comida en casa de Vivi, conformando una mesa familiar donde el futbolista ocupaba la cabecera. “Durante esa época, Alveiro fue como mi papá”, le dijo el chico a Yolanda, explicándole que su familia hasta ese momento solo habían sido su abuela y su madre. Entonces ella supo que era cierto, que a su hermano lo habían amado por mucho más que los goles.

En Córdoba conoció a ‘La Chola’, el hincha más fiel de General Paz Juniors, el equipo de tercera división al que llegó El Palomo en 1999 para su vuelta al fútbol después de dos años de suspensión por doping positivo con cocaína. Con esa camiseta le bastaron nueve partidos para conseguirles el ascenso de categoría con un doblete en la final. Entonces por las noches, antes de dormir, ‘La Chola’ ahora le cuenta a su hijo de 5 años la leyenda de un ángel que apareció volando para darle la dicha al barrio entero. El cuento de ese ángel caído, entonces, allá es el de una resurrección. Todo eso, parte de eso, mucho más que eso, podrá verse en un documental que bajo la dirección del cineasta caleño Carlos Moreno, tendrá como hilo conductor a Yolanda recorriendo los pasos de Alveiro en Argentina. La historia del ídolo que nunca hicimos nuestro, del hombre que solo vimos muerto, del amor que aquí no fue, podrá verse el próximo mes de noviembre, por Telepacífico.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS