Distracción

Distracción

Septiembre 08, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Hace años, una foto publicada en el periódico con la intención de enaltecer un pequeño acto de redención, se convirtió en sentencia de muerte. En la foto posaban unos chicos que en otra vida que no alcanzaba a ser fotografiada, fueron pandilla. Y seguramente hicieron algunas de las cosas que hacen las pandillas. Pero ya no.En el artículo junto a la foto se explicaba justamente cómo es que había ocurrido aquello, la historia de uno de esos milagros por fortuna no tan escasos, cuando la vida con su último aliento tuerce el camino para enderezar algunas cosas y morder un trozo de aire limpio.Aunque la nota fue publicada en otro tiempo, cuando leer las noticias era un ejercicio más simple que ahora, donde las distracciones saltan entre los párrafos computarizados, alguien se distrajo de la razón por la cual esos chicos aparecían en ese momento allí, en esa foto.Quién sabe. Las razones por las cuales ocurrió lo que luego ocurrió, son desconocidas. Etéreas e indescifrables como la bocanada de humo que suele ser el término policíaco empleado para explicar lo inexplicable en casos como ese: limpieza social. Quién sabe. Tal vez alguien disparó olvidando que todos en algún instante hemos sido esos chicos. Que de una o diversas maneras, por razones correspondientes a cada universo, alguna vez y al menos por un parpadeo, hemos terminado acorralados en algún rincón de la vida. Y que todos nos hemos equivocado. Y que también hemos transitado caminos que en el cuerpo y más abajo de la carne, han dejado un recorrido de cicatrices tan dolorosas y largas como las que algunos de los chicos de las pandillas de esta ciudad exponen en sus cuellos y en sus brazos, en el pecho y en las piernas, en sus palabras cortadas por el filo de las fronteras invisibles.Asustados, hemos corrido. Hemos cortado y nos han cortado. Huimos. El hambre, las hambres, la adolescencia, los años, la luna, un pálpito, un gato negro, el hospital, la plata que no alcanza, esa puta enfermedad, el niño que llora, la muerte hablando, por lo que sea que haya sido, todos hemos tenido esa misma sensación, el sudor bajando por las axilas, la boca seca, el paladar más arrugado, regaláme un cigarro, la lengua amarga, humo en las manos, miedo.Entonces hemos sido como esos chicos. Y como ellos, hemos caído. Pero también, en algún pequeño momento o para siempre, hemos tenido la suerte de creer que después será posible levantarse. Algunos lo logran, sanan heridas y, felices, me imagino, guardan para siempre en la memoria una foto que preserve el recuerdo de la sutura hecha sobre el pasado. Esa era la intención de aquel artículo de prensa y de esa foto. Pero algún distraído no lo entendió y al parecer la utilizó para encontrar a algunos de los chicos que allí posaban y cerrar con humo de disparos sus bocas hambrientas de nuevo aire. Quién sabe, el asesino tuvo que ser un hombre recto, limpio de fallas en la vida. Un matón no puede admitirse equivocaciones.Tomada no hace mucho, una foto similar, congelando un milagro similar, quedó lista para ser publicada en este periódico. En la foto posan varios chicos que ya no están tan chicos: Yerson tiene 30 y Manchas, Jaison y Wilmar, están todos por encima de los 22, que puede ser mucho para la orilla de Antonio Nariño donde siguen viviendo. Ellos y otros que no salen en la foto, tuvieron un pasado que ahora parece humo mientras sus días transcurren detrás de un chancho gigante, que junto a un rebaño de gallinas, patos, bimbos y chivos, mantienen en un triángulo de pasto a un lado del caño que taja en dos el barrio. Un arco de cemento con un nombre ambicioso anuncia su intención: La Granja. En una antigua escombrera, esos chicos abonan la fe de poder levantarse de nuevo a través de un proyecto agrícola sostenible que, por temor a la incomprensión de un distraído, al menos en esa foto no se pudo ver.Invisibles hasta ahora, igual andan felices: esta semana los llamaron del programa de Pirry. El día que salgan en televisión, ojalá, la distracción se siente a leer.

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