Seguridad en Cali

Seguridad en Cali

Diciembre 02, 2018 - 11:30 p.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

Cali era una ciudad tranquila en los 60 y principios de los 70. Al igual que a Medellín, el auge del narcotráfico la afectó: ambas eran de las más violentas del globo a finales de los 80.

El país declaró guerra contra el cartel de Medellín a raíz de notables conductas criminales, incluido el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán en 1989; César Gaviria como presidente hizo distinción espuria entre narcotráfico y narcoterrorismo, que en la práctica equivalía a menos rigor contra los mafiosos del suroccidente, pero al final la lucha contra ambos carteles tuvo resultados positivos.

Medellín redujo su tasa de homicidios al promedio nacional, poco más de 20 por cada cien mil habitantes, pero Cali solo ha bajado a 50, nivel similar al de Palmira. La información sobre la Costa Pacífica no es confiable, pero es evidente la presencia de los carteles mexicanos y sus asociados locales en la vida cotidiana de la región, y la migración que se ha desatado, para huir de la violencia y, en algunos casos de partícipes en la cadena de valor, para mejorar la calidad de vida en Cali.

Lo cierto es que el narcotráfico no cesará, y con él la violencia derivada de la prohibición. Hoy la guerra de la coca cobija también a Honduras, Salvador y Guatemala. Antes de los acuerdos de La Habana las Farc sustituían al Estado en alrededor de 240 municipios, de los cuales 80 son coqueros o lugar de tránsito de coca o armas. Hoy ese ejército enemigo, el más ordenado en la guerra de la coca, se ha desmovilizado, pero los demás actores vinculados a la pugna están activos y ocupan territorio.

Los carteles mexicanos han profundizado su actividad en Colombia para proteger la cadena de valor que controlan hasta EE.UU. Los habitantes de los sitios asediados encuentran positivo desplazarse a Cali. Muchos buscan mejores oportunidades, pero algunos traen el contagio de la violencia: la ciudad es cercana a su centro de actividad y ofrece las comodidades de la vida moderna.

Así las cosas, la solución a la problemática de violencia en Cali conlleva robustecer la gestión de la Policía mediante esfuerzos articulados con la autoridad municipal, enfrentar patologías sociales derivadas de la guerra y, sobre todo, impulsar la presencia del Estado en la periferia del país y en las barriadas de la ciudad. Es insólito que el cargo de comandante de la Policía Metropolitana cambie cada año y que la productividad de sus efectivos sea tan baja, pero aún más absurda es la falta de estrategia efectiva de desarrollo nacional con base en las ventajas comparativas de cada ciudad región: ha habido crecimiento económico sostenido a tasas del orden de 4% en los últimos tres lustros pero la tasa de desempleo sigue cerca a los dos dígitos, mientras la informalidad cobija a casi la mitad de la población activa en la economía.

La estrategia extractiva perjudica a Cali en términos relativos, porque no se aprovechan las posibilidades en subsectores productivos, y al Suroccidente, porque la mediocridad en gestión pública que la estrategia entraña abre el espacio para la perturbación que devora a la región en conflicto que parece no acabar. ¿Serán exageraciones?

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