La gran recesión y la ética

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La gran recesión y la ética

Julio 29, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Moreno Montalvo

La gran recesión global no desembocó en un colapso de la economía mundial similar a la depresión de los treinta porque las autoridades fiscales y monetarias de Estados Unidos, China y Europa actuaron en forma más o menos oportuna. Subsisten riesgos serios, pues los gobiernos de la zona euro no encuentran el camino a la senda del crecimiento sostenido, pero es evidente que lo peor ya pasó. Además se comprobó la importancia de los países en desarrollo en la economía global; mitigaron los problemas de institucionalidad en los países ricos.Preocupa hoy más el silencio de quienes gobiernan el mundo sobre las causas de la crisis y, por ende, las soluciones efectivas necesarias para evitar recurrencia. La raíz del problema no está en la exagerada sobrevaloración de los activos inmobiliarios en Estados Unidos, como algunos han sostenido. Las burbujas siempre vienen y se van. El origen de la crisis financiera es claro: ni los banqueros, ni las autoridades responsables de la supervisión financiera, ni las entidades encargadas de estudiar los riesgos inherentes a los diversos instrumentos del mercado de capitales y comunicar su apreciación a la comunidad cumplieron con su deber. La codicia es mala consejera, pero un buen diseño institucional puede imponer normas que eviten ciertas conductas. El esquema internacional vigente no sirve para un sistema global. La suma de los controles de cada una de las naciones que lo componen no produce un control adecuado para el sistema como un todo. El capital se mueve con bastante libertad, y los controles para el lavado de activos y prevención de actividades terroristas, de escasa utilidad para el propósito que los respalda, no se usan para inhibir la corrupción, para lo cual serían muy útiles. De otra parte, el comercio es cada vez más abierto, aunque a través de esquemas bilaterales cuyo resultado será una maraña cuya complejidad perjudica a los débiles. En cambio, no hay libertad para que la mano de obra se desplace de un sitio a otro con facilidad, en busca de mejores oportunidades. El capital a veces incide en las políticas públicas de un país para beneficio de la comunidad, pero también puede perjudicarla. No es necesario un estudio sofisticado de la conducta humana para saber que cada quien busca sus propios objetivos, y que ello puede contravenir el interés general. Lo cierto es que no hay instituciones cuyo propósito sea atender las amenazas de destrucción total, por armas nucleares o por destrucción del entorno. Ahora sabemos que entre más se demore en enfrentar el problema del deterioro ambiental más dolorosa será la solución, y eso no se logrará sin autoridad mundial, que respalde las iniciativas de las comunidades locales para su desarrollo y al tiempo evite la catástrofe. Las integraciones de países para objetivos específicos son un paso en la dirección correcta, pero todavía no hay eco para soluciones de fondo. Los administradores públicos de todos los países temen perder poder. ¿Quién pagará los platos rotos en unos años?

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