Urimadrazos

Urimadrazos

Septiembre 21, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Las cosas han cambiado mucho desde que yo era un adolescente, por allá en los 80, y solíamos insultarnos de maneras poco creativas. Decíamos que tal o cual persona era un hijo de (ustedes ya saben quién) o que evidenciaba algún sobredimensionamiento en sus testículos. No pasábamos de ahí. Hoy en día, gracias al fariseísmo de las redes sociales, no hay que “sacar a bailar” la madrecita de nadie ni burlarse de sus gónadas para ofenderlo. Pululan formas más estilizadas y elaboradas de agraviar a alguien. Le dicen a uno, por ejemplo, “usted no es más que un uribista”. Y listo. Aunque guardo muchas reservas sobre las administraciones de Álvaro Uribe, y la labor de muchos de sus ministros y funcionarios, me mantengo firme en la idea de que es de pésimo gusto ofender a alguien usando el apellido de otro.Todo ello sazonado por un elemento adicional que parece calcado de una película de terror clase B: la motivación del insulto. Si usted respalda públicamente a la Fuerza Pública y se queja por el asesinato de policías y soldados, es “un uribista”. Si se atreve a decir que el debate sobre paramilitarismo (aunque valioso) fue un ejercicio permeado por ajustes de cuentas de carácter personalista, es “un uribista”. Si se permite cuestionar la poca voluntad de paz de los holgazanes negociadores de las Farc en Cuba, es “un uribista”. Si enjuicia la velocidad con la que marchan las locomotoras del progreso sobre las inexistentes vías férreas de nuestra realidad, es “un uribista”. Si critica el torpe, injusto y dictatorial modelo venezolano, y recalca que Maduro es un asno desbocado, es “un uribista”. Y así.Pasa todo el tiempo en redes sociales, a veces como resultado de la opinión transparente de tuiteros comunes y corrientes, gente de bien que tiene derecho al prejuicio de culposa y no dolosa factura, y, en otras ocasiones, gracias a la tarea de mercenarios de las redes sociales que se ganan la vida apostando a destruir el buen nombre de los demás a cambio de unas monedas que les tiran los políticos-funcionarios. En mi caso concreto, no puedo ser uribista por la misma razón que no puedo ser santista, samperista, pastranista, peñalosista, gavirista, petrista o lopista (si aún los hay). A saber: soy alérgico a los políticos. Digiero con más facilidad una lámina de tríplex Pizano que el pueril ideario de cualquiera de nuestros dirigentes. La frase exótica de Claudia López sobre las sanguijuelas de alcantarilla (supongo que hablaba de ratas) le sienta bien al grueso de nuestros líderes.Aprovecho para confesarles algo: jamás he votado. Ni siquiera he llegado a inscribir la cédula. Y no lo he hecho porque jamás he encontrado a alguien que merezca mi voto. Que es un deber ciudadano votar, que lo haga en blanco, me dicen cada tanto. Error: el deber es cumplir con la ley y, mientras la ley me lo permita, seguiré absteniéndome. Cuando la ley, en cambio, me lo exija, estaré de primero en la fila de las urnas.Singular país éste, en el que lo que se odia se rotula con el apellido de un político. Es una costumbre grotesca, repito, pero, diré en mínima defensa de quienes la practican, que se debe a la decepción grande que nos producen quienes han dicho van a gobernarnos para terminar ordeñándonos.Ultimátum: Daniel Samper Ospina se desnudó en la nueva SoHo. ¿Acaso se autocosificó y autoexplotó? Esperamos columnas de un par de señoras (que no son Tola y Maruja) criticándolo por lo único que ahora les queda a la mano: el color cuajada que exhibe en las fotos.@gusgomez1701

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