Unidad

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Enero 20, 2019 - 06:40 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Los esfuerzos verbales del presidente Iván Duque para que el país gire alrededor de intereses comunes no fructifican porque somos un pueblo de ambiciones particulares. No por otra cosa la corrupción florece en estos predios, y colgada de ella va la inmensa mayoría de los males que nos aquejan.

Y son bríos verbales porque, aunque sus partidarios piensen que el 54 por ciento de los votos válidos de segunda vuelta son autorización ciudadana para reevaluar lo hecho en materia de paz, viven y respiran los dueños de un 42 por ciento de esos sufragios, convencidos de que es mejor una paz imperfecta que una efectiva guerra.

El presidente Duque está secuestrado por sus palabras. Una y otra vez ha dicho que no es posible concebir un proceso de diálogo con el Eln mientras la agrupación insista en no liberar a los secuestrados, suerte de muertos en vida. Y el número de secuestrados por esa guerrilla coincide con el de víctimas mortales que deja una mañana de pánico en Colombia.

¿Eligió el presidente, para no traicionarse, alentar una especie de operación tortuga a la paz? ¿Debió mostrarse más cercano a la flexibilidad con la guerrilla, atendiendo a quienes creen que con el enemigo (y en medio de la guerra) es que se deben mantener conversaciones? ¿Se durmió el gobierno con la puesta en marcha de una sólida política de seguridad? ¿Está atada nuestra inteligencia al pasado? ¿Faltó contundencia militar para llevar al Eln a negociar? ¿Nos comimos el cuento de que este es un nuevo país?

El poder se gana en elecciones, pero su ejercicio es algo más complejo. Sus efectos reales ni siquiera dependen de quien lo ostenta, y quedan a merced de una serie de variables que solo la experiencia y el carácter pueden enfrentar con garantía de éxito. La buena voluntad suma, pero no es suficiente.

Comparaciones son odiosas y ociosas, pero si en abril de 1970 Carlos Lleras Restrepo mandó a dormir a los colombianos, exhibiendo un temple necesario para enfrentar las protestas por los resultados electorales, el día de la tragedia, el presidente Duque Márquez nos mandó a dormir con exceso de simbolismos y más dudas que certezas.

En las cubiertas inferiores del barco escasean las ventanas, y los marineros poca información tienen de lo que sucede en el puente. No les queda más que confiar en las decisiones y la línea que determine el capitán. Quieren firmeza; hacen poco caso de oratorias pomposas y pirotecnia de adjetivos.

Castigos ejemplares, actos infames, acciones contundentes, lucha sin descanso, pasos seguros, investigaciones prioritarias, fortalecimiento de medidas y esfuerzos mancomunados. Lugares comunes en una alocución que algún risueño contradictor debe estar pensando en mandar grabar en piedra. Y que, por fortuna, encontraron desarrollos más concretos el viernes, en las intervenciones del Ministro de Defensa y del Fiscal.

Injusto y desequilibrado sería involucrar al Gobierno en la llegada al escenario de hechos tan repugnantes, producto del terrorismo enloquecido, pero de quienes están en Palacio se esperan definiciones de rumbo. Y pronto.

Cuando Iván Duque dice que “es en las adversidades donde nos crecemos”, comenzamos a pensar que las adversidades apenas comienzan.

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Ultimátum. Daniela Abad, cineasta de habilidades solo comparables con la fina madera de que está hecha, tiene en salas una joya: The smiling Lombana. A través de la historia de Tito Lombana, perdido en el tiempo y en sus yerros, quedamos obligados a reconocer los pecados que, como sociedad, ya habíamos enterrado en el jardín.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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