Sacando la lengua

Sacando la lengua

Abril 28, 2019 - 06:40 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

A la celebración del Día del Idioma, que es mundial gracias a Naciones Unidas, y nacional, por decreto de Alfonso López Pumarejo, urge hacerle ajustes. Como se dice en términos de tecnología, una actualización, porque habría que honrar también ese día al hashtag y a los emojis, que se han ido convirtiendo en funcional parte del idioma.

El serio comediante Piter Albeiro, para citar solo un caso, acaba de publicar su primer libro, “El sueño del millón de dólares”, cuyas páginas están salpicadas de coloridos emojis, ideogramas que representan palabras o estados de ánimo, y que ahorran tiempo a quienes se comunican por redes sociales.

El castellano, al menos aquel que encuentra acomodo en el Diccionario de la Lengua Española, tiene 93 mil palabras. Se calcula que, aparte de tecnicismos y giros regionales, hay otras 300 mil dando vueltas por las bocas de Iberoamérica. Si parecen excesivas, hay casos más complejos: al árabe lo rondan doce millones de palabras y crece tanto como la devoción de quienes lo hablan.

Los seres humanos tenemos a disponibilidad inmediata unas veinte mil palabras para comunicarnos, pero con 1.500 es posible sostener conversaciones sensatas. Hoy la gente chatea con 100 palabras. O menos, si se recurre a signos, ilustraciones o (aburidas) animaciones.

Dicha práctica no puede confundirse con la economía lingüística, inspirada en que contemos con condiciones que nos reduzcan las complejidades del idioma. De ahí nacen las abreviaturas y también ella inspira el sano rechazo a los lenguajes inclusivos o políticamente (dizque) correctos, que nos impulsan a usar más palabras o llegar a escenarios tan ridículos como el de referirnos a “miembros” y “miembras”.

Cada año nos encontramos también con sondeos sobre cuál es la palabra más hermosa del español, y caemos en la trampa de creer que el encanto depende del significado. Así, decimos que son bonitas palabras tan simples como “paz”, “esperanza” o “amor”, cuando verdaderamente bellas son “carcaj”, “azahar” y “melifluo”. La belleza, en materia de palabras, tiene que ver más con la apariencia que con lo que llevan por dentro.

Lo que llevan por dentro las personas se escenifica con ayuda de las palabras y no siempre en episodios rodeados de delicadeza. El más sonoro de los últimos días, cuando Álvaro Uribe llamó “sicario moral” a Gustavo Petro. Un momento sin duda reprochable, que no ayuda para nada a la construcción de un clima de tolerancia.

Aunque, con la misma carga negativa, como recordaba el periodista Melquisedec Torres, de cuando Catherine Juvinao le dijo “sicario moral” a Mauricio Vargas, o cuando ‘Timochenko calificó de “sicario moral” a Néstor Humberto Martínez, o cuando Maureén Maya declaró “sicario moral” a Ernesto Yamhure, o cuando el portal Los Irreverentes, de Yamhure, llamó sicario moral al columnista Jorge Gómez Pinilla. En todas las toldas se cuecen habas.

Matamos las palabras y matamos con las palabras. Sobran los sicarios del idioma; escasea el respeto de una lengua a la que insistimos en sacarle la lengua.

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Ultimátum. Cada vez que deja su cargo un funcionario gubernamental de alto rango, sea porque cumplió su misión a cabalidad o porque se cayó de para arriba, se especula a qué posición diplomática irá. Lo que parecen inocentes conjeturas es signo de una distorsión que nos parece natural: la diplomacia es mermelada que se unta generosa sobre los amigos del gobierno. De este y de todos.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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