Lunático

Lunático

Enero 21, 2018 - 08:56 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

A la gente no le interesa la política. Y no le interesa, porque a la política no le interesa la gente. Ese divorcio irreconciliable genera fervores, a pesar del natural temor, por las revoluciones de ocasión. En teoría, las revoluciones son una especie de justicia exprés social, según la cual, de un plumazo cae un sistema inicuo y se abre paso a la llegada de una manera más equitativa de gobernar.

Las revoluciones se pagan con sangre, pero no existe la posibilidad de saldarlas en un contado. En dolorosas cuotas, Stalin asesinó 23 millones de personas para mantener los logros de una revolución de la que se había apropiado y Mao, cuyo retrato adorna las oficinas de algunos académicos obsesionados con la justicia social, ordenó la eliminación de 78 millones de chinos en tiempos de paz. Los muertos de antes de la revolución son crímenes; los de la revolución, equidad.

Si después de la revolución la gente tiene comida, salud, educación y una pizca de libertad de expresión, el grueso de la población soporta al ‘libertador’ de turno. Las revoluciones, como se sabe, suelen tener un líder con vocación paternal y mañas de pastor de ovejas. Y aunque se esconda bajo títulos que suelen incluir el de presidente, tiene más de tirano que de estadista.

Ese gobernante puede ser un asesino manchado de sangre que promueve revueltas culturales, un iletrado con ‘millonas’ de ideas descabelladas o un vividor forrado de verde dólar y verde uniforme, tabaco en boca. No interesa. Si tienes comida en la mesa, tus hijos acceden a la educación y hay medicinas garantizadas, lo digieres. A menos, claro, que pertenezcas a ese minoritario sector de la sociedad que privilegia las ideas políticas sobre el arroz, la papa y la carne.

La economía es Dios. Y su soplo ‘divino’ mantiene vivos a los estados. Las cifras de la Venezuela Bolivariana, de la Bolizuela, confirman que en la geografía mítica el país está fuera del Paraíso: reducción de la producción petrolera: 31%; desplome de la moneda: 43%; aumento del precio de un tinto durante los últimos meses: 718%; cierre de la inflación en 2017: 2.616%; caída del Producto Interno Bruto: 15%.

Bruto para liderar la economía el presidente Maduro, que vive en la Luna y consulta la hora del satélite en un reloj que presentó como el original del cosmonauta Yuri Gagarin. Resultó ser, como la propia revolución chavista, apenas una copia barata. Poniendo cara ídem, gritó cuando lo mostró en televisión: “¡Del espacio a Carabobo!”.

La tragedia venezolana termina teniendo por estos días una precaria utilidad: escenario clave para la campaña política colombiana. Iván Duque habla de Venezuela en España, Álvaro Uribe habla de Venezuela en Cúcuta y Marta Lucía Ramírez habla de Venezuela desde lo que queda de Venezuela.

Son las migajas de una revolución de izquierda las que alimentan a la fauna política de la derecha. Nadie sabe para quién se subleva.

***

Ultimátum. De mi colega Claudia Morales debo decir que es una persona íntegra y una profesional admirable. Leo su columna sobre la vileza de que fue objeto, y ella sabe que la respaldo y apoyo sin restricciones. Su decisión de no revelar el nombre del cobarde que la violó tiene razones que estoy en la obligación de respetar. Pero confieso que no pierdo la esperanza de que algún día sepamos quién fue el monstruo y reciba, sino el castigo de la ley, por lo menos el de una sociedad que no puede permitirle a nadie, por poderoso que sea, un abuso semejante.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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