La mala educación

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La mala educación

Septiembre 22, 2019 - 06:40 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

El problema de las cumbres es que hacen honor a su nombre: las cumbres son elevadas, alejadas. Las cumbres, entendidas como espacio de reunión de gente con especiales calidades (y un puñado de burócratas), suelen mantener distancias con las personas de a pie. Hay que bajar las cumbres de las nubes.

Una cumbre, la de Líderes por la Educación, acaba de terminar en Colombia, y habría que prestarle especial atención, por aquello de que un país sin educación es un país liquidado. Si habláramos más de educación y menos de Petro y Uribe; si discutiéramos menos de fracking y redes, y más de educación; si dedicáramos menos energía a la JEP y a la Ocde, y más a la educación… si eso hiciéramos, quizás no estaríamos como estamos. ¿Y cómo estamos? La respuesta es otra pregunta: ¿Usted cómo cree que estamos?

Somos un país joven. Joven y mal educado. No se trata de cuestionar la calidad de los profesores o de los centros de estudio. Uno de nuestros grandes problemas es que la educación se queda en los colegios y las universidades, porque nuestra realidad poseducativa es cruel. Por eso estamos atrasados en las aplicaciones prácticas de la ciencia y de la tecnología, y preferimos cultivar las humanidades, que son escenario magnífico para la discusión y la teorización.

Con cruda sinceridad lo plantea Andrés Oppenheimer, refiriéndose a Argentina con palabras que mucho nos sientan en estas latitudes. Oppenheimer dice que mientras su país necesita con urgencia ingenieros, agrónomos y geólogos para el desarrollo de sus industrias, “las universidades estatales argentinas están produciendo principalmente psicólogos, sociólogos y graduados en humanidades”.

Y no es que las humanidades estorben o no sean valiosas. No. Es solo que los países deben enfocar sus sistemas educativos a la formación de los profesionales que necesitan para desarrollarse y rezagarse. En algún punto del Medioevo, supone uno, el respetable oficio de la fabricación de campanas comenzó a perder terreno. Tuvo que coincidir con el momento en que las casas dejaron de tener campanas y tan sonoros elementos se reservaron para los templos.

Hoy tenemos que propender por formar profesionales que estén sintonizados con lo que se necesita, con lo que viene. Máxime cuando, a diferencia de otras épocas, lo que viene llega en cuestión de meses y no de décadas. Y, claro, en el entendido de que las energías y recursos del Estado se orienten a brindar oportunidad y espacio de desarrollo profesional a esos jóvenes que no quieren seguir anclados en la historia, sino que buscan construir el futuro.

Qué eficientes somos para discutir sobre si Bolívar fue o no un tirano, si la Violencia es legado de rojos o azules, si un presidente fue peor que otro. Y qué lentos resultamos para inventar, para generar tecnología, para solucionar problemas de la mano de la ciencia.

Con algo de suerte no se han caído más cosas en Colombia, donde todo lo construimos con babas. Si hablando no hemos avanzado lo suficiente, ¿por qué no ensayamos hablar menos y crear más?

***

Ultimátum. Transparencia por Colombia revela que, a pocas semanas de las elecciones, solo el tres por ciento de los candidatos debidamente inscritos ha cumplido con la obligación de registrar sus gastos de campaña en el aplicativo Cuentas Claras del Consejo Nacional Electoral. Una cosa, digna de aplauso, es Transparencia por Colombia. Otra muy diferente es que tengamos transparencia en Colombia. De eso no hay.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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