Huevos muy revueltos

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Huevos muy revueltos

Diciembre 08, 2019 - 06:40 a. m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

De las muchas batallas que libramos a diario los colombianos en terrenos donde apenas se asoman los nefelibatas, la de la memoria histórica sí que nos define como una patria errática. No digamos Patria Boba, en razón de la importancia del asunto.

Rafael Tamayo, exdirector del Museo de Memoria, ha contado en varios escenarios que Darío Acevedo (director del Centro Nacional de Memoria Histórica) le pidió la renuncia. Tamayo asegura que se debió a diferencias insalvables alrededor de lo que cada uno entiende por conceptos como ‘despojo’, ‘resistencia’, ‘resiliencia’ o ‘guerra’.

Como Colombia es el país del siempre lo mismo, resulta inevitable recordar épocas en las que José Obdulio Gaviria decía en escenarios internacionales que “nosotros no tuvimos guerra civil; nosotros tuvimos fue una amenaza terrorista no enfrentada”. Y tan campante, como Johnnie Walker.

Esta semana el expresidente español Felipe González declaró a Caracol Radio y a El País (de España) que le preocupa “oír decir que en Colombia nunca ha habido un conflicto, que es un invento, un relato”. González, a quien durante años no lo dejaban alejarse de Bogotá por motivos de seguridad, reconoció que, si aquí no hubo conflicto, llevaba “45 años viniendo a Colombia confundido”.

Cuando Gaviria se refirió en aquel 2008 al conflicto, arrojó otro dardo verbal de antología que, a la fecha, sigue siendo objeto de controversia: “No tenemos desplazados, tenemos migración en buena parte por el paramilitarismo y la guerrilla”. Ni conflicto ni desplazados. No y no.

Tenemos huevo si vendemos esa idea fuera del país, parecían decirle en sentido figurado amplios sectores de la opinión a Gaviria. O ni tan figurado: fue el mismo año en que, visitando la Universidad de Caldas, un estudiante le lanzó un huevo en la cabeza a la cabeza ideológica del uribismo. “Le deseo feliz cumpleaños”, dijo el estudiante, mientras atacaba con el embrión naturalmente empacado al consejero del único presidente que ha dejado a su sucesor el legado de empollar tres huevitos.

Malestar social es lo que terminó empollándose en esta nación donde Uribe ha sido el gran ‘ponedor’ de presidentes. Al calor de la inequidad, la corrupción y la incompetencia de nuestra clase política, el animalito que dejó la cáscara del malestar camina, ya no con dos patas, sino con miles de pies.

Y no va a dejar de marchar hasta que se vean definiciones concretas de los diálogos planteados al Gobierno. Por eso, para evitar despidos como el de Tamayo o huevazos como el de Gaviria, vale la pena aclarar conceptos lejanos de la clara y de la yema.

Dialogar es diferente a negociar. Dialogar es platicar, como dirían los mexicanos, y exponer ideas. La negociación es otra cosa: no se queda solo en compartir puntos de vista, sino que implica que la conclusión sea un convenio, un pacto. Y al pacto se llega por concesiones mutuas. Si en el pacto solo cede una de las partes, se llama embudo.

De manera que quienes piden transformar al Estado en las mesas de negociación deben contarnos a los colombianos en qué están dispuestos a ceder. ¿O solo exigirán?

A modo de amable advertencia: una mesa (de diálogo) puede ser todo lo importante que se quiera, pero ni el más experto de los carpinteros podría convertirla en asamblea constituyente.

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Ultimátum.
Llegó a la Corte Suprema de Justicia la terna para elegir fiscal. Que la espera para escogerlo no sea tan eterna como fue mandarla.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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