Fundidos

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Fundidos

Noviembre 03, 2019 - 06:40 a. m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Las democracias, aunque desgastadas y ávidas de remozamiento, siguen funcionando con principios que la práctica ha moldeado. Y solo la experiencia permite aplicarlos en sus justas proporciones.

A propósito de justas proporciones, se le pasa uno por la mente la explosiva frase de Julio César Turbay: “Hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”. Que lo dijera un presidente fue una de esas metidas de pata tamaño Godzilla, aunque alguna lógica tenía el planteamiento.

No se puede acabar con la corrupción. Siempre la habrá y es tarea de las autoridades velar porque no se salga de madre. Acepta uno la validez de las palabras de Turbay y, cuando menos se da cuenta, termina creyendo que a Miguel Nule, rajado en honestidad, también le asistía razón en aquello de que “la corrupción es inherente a la condición humana”. ¡Por sobre todo a la condición humana de Nule!

Sin dejar del todo los terrenos del turbayismo, y volviendo a los predios del ejercicio democrático basado en la experiencia, hablemos de las justas proporciones de las personas que rodean a los presidentes.

Todo mandatario necesita rodearse de los mejores. Y si demuestran que lo son, el primer inquilino de la Nación estará encantado de mantenerlos en su círculo de poder. Pero quien acepta trabajar en un gobierno tiene claro que el único que arranca la carrera y debe terminarla es el presidente.

Los presidentes, a su vez, deben saber que los funcionarios no son ni sus brazos ni sus piernas. Jamás. El ejemplo que los define es más precario: son fusibles, y hay que fundirlos cuando toca. Por competentes y astutos que sean, circunstancias que a veces no dependen de ellos precipitan que se aplique el significado de la palabra (fusible: que puede fundirse).

Cuando la intensidad de la corriente es muy elevada, el fusible se funde para evitar daños y riesgo de incendio. Los presidentes que suponen que los fusibles son la parte que hay que proteger de la instalación, están como la familia Robinson: perdidos en el espacio. Los fusibles se funden para que el presidente no se funda; si el presidente es el que se funde, es el sistema el que va a arder.

Los presidentes que se obstinan en mantener funcionarios a su lado a cualquier costo, porque creen que decirles adiós es darle puntos a la oposición, están haciéndole oposición a la democracia. Lealtad no es amarrarse a los colaboradores. Eso tiene otro nombre: impericia; cuando menos, candidez.

Si un presidente no puede separar de un cargo a un ministro de escasos resultados o que desdice de la eficiencia del gobierno, y la razón es que hay un interés oculto o una persona que lo impone, el caso es más grave. Eso indica que quien toma las supremas decisiones del Estado carece de la suficiente autonomía.

Si los presidentes terminan ejerciendo la autoridad en sus justas proporciones, entonces el que se está fundiendo no es un funcionario, sino el funcionamiento del Estado.

***

Ultimátum I. Pasó el 31 de octubre, otro de esos días que ya no se sabe qué es: ¿Halloween, de las brujas, de los niños, el año nuevo celta? Como el 12 de octubre: ¿del descubrimiento, de la raza, del encuentro de dos mundos, de la hispanidad, de la resistencia indígena, de la descolonización, de la interculturalidad, de la plurinacionalidad, de los pueblos originarios? Mientras más sabemos, menos entendemos.

Ultimátum II. Esta es mi columna número 300 en El País. A su directora, a mis colegas de la redacción y a los lectores, muchas gracias por acogerme en mis justas proporciones.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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