Felicidad

Felicidad

Septiembre 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Quiero que mis hijos sean felices. Y nada me haría más feliz que lo fueran eligiendo el camino que les plazca, sin temor a emboscadas sociales. Esperaría, al menos, que la emboscada no la tendieran quienes se comportan como si la mejor manera de servir a su creador fuera destruyendo vidas ajenas. Si Dios nos hizo, entonces es responsable de todas nuestras apetencias, así que la comunidad LGBTI forma parte del kit y no se dio por generación espontánea. Si, en cambio, fue precisamente la arquebiosis la responsable de la vida, entonces esa sorpresiva manifestación también nos “amasó” a todos. En castellano: nos gusten las mujeres, los hombres o el martini con aceitunas, venimos de la misma parte y tenemos los mismos derechos.Gustavo y Francisco son muy chicos, 7 y 9 años, y no tengo idea de cuáles serán sus futuras preferencias. ¿Acaso, como a mí, una niña de ojos enormes va a apretarles el corazón antes de llegar a los quince? O, como nunca me sucedió, ¿será otro hombre el que les revuelva la íntima química? ¿Atenderán cuál de todos los llamados que hace la naturaleza? Lo ignoro.Es por ellos, si es que hay que tener alguna justificación, que digo lo que voy a decir: los miembros de la comunidad LGBTI tienen derecho a casarse, adoptar hijos y criarlos, testar, divorciarse, prestar el servicio militar a plena luz del día e integrar las Fuerzas Armadas, entrar al baño que satisfaga su intimidad, demostrarse amor en la calle, vestirse como les nazca, ser tratados con respeto en universidades y colegios, besarse en cine, no ser objeto de matoneo laboral, maquillarse, entrar a todo tipo establecimiento nocturno o de entretenimiento y someterse a modificaciones corporales.Si la ley obstaculiza alguno de estos derechos, hay que cumplir con ella, pero al mismo tiempo dar una intensa lucha para que artículos y códigos no sean más importantes que personas de carne y hueso. Y aunque no debe desconocerse el sagrado derecho a la privacidad, ojalá la sociedad avance hacia un estadio ideal en el que cualquiera que lo desee pueda salir tranquilo del clóset. Los clósets se hicieron para colgar ropa; no para colgar personas.Ultimátum: A propósito de mi pasada columna en El País, Hollman Morris, gerente de Canal Capital, me invita a un debate sobre quehacer periodístico y ética profesional. No suelo tomar parte en discusiones de ese nivel, entre otras, porque me considero un profesional imperfecto. Faltaba más que dictara yo clases de ética y moral periodística, cuando lo único que me permito es cuestionar a un puñado de compañeros de oficio que han cedido a la tentación del poder o del lado oscuro. Lo he hecho porque no creo que quienes con su comportamiento desdicen del oficio deban beneficiarse con el silencio cómplice de sus colegas. Pero si algún día me animo a sostener debates éticos sobre periodismo, de seguro lo haré con periodistas en ejercicio y no con gerentes que aprovechan canales (sostenidos con dineros públicos) para hacer política, amañar contenidos informativos, censurar y favorecer presiones indebidas a sus críticos. En lo que sí seguiré comprometido, en beneficio de la comunidad y del oficio, es en cuestionar abiertamente esas conductas que hoy son objeto de investigaciones y auditorías sobre Canal Capital en Procuraduría, Contraloría Distrital y Personería. Si el gerente tiene alguna duda sobre la existencia de tales diligencias, bien puede presentar los debidos derechos de petición. @gusgomez1701

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