¿Dios-dado?

¿Dios-dado?

Enero 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

“Dios proveerá”, dijo Nicolás Maduro al anunciar su poroso paquete de medidas para evitar el hundimiento de la revolución bolivariana. Revolución (¿cristiana?) que, como casi todas, se hizo para descabezar a una élite y entronizar otra, con iguales apetitos, excepto en el campo de las libertades individuales.Los maduros anidan, en parte, gracias a la indiferencia de los Estados Unidos, que, como potencia regional, ve a toda la América que se extiende al sur del Río Grande como un real subcontinente. A pesar de las fotos de nuestros sonrientes mandatarios estrechando la mano del gringo más poderoso de turno, seguimos siendo el patio de atrás, donde apilan su basura y al que le acomodan de vez en cuando unos cuantos helicópteros viejos para librar guerras que no hacen sino hundirnos más en el fango de la pobreza.No fue Venezuela la que se inventó a Chávez, ni a Maduro, ni a cualquiera de los tiranillos tropicales que, cada tanto florecen en el trópico. Es la indiferencia de Norteamérica y su apoyo a gobernantes ladrones la que pone combustible a estos orates, acostumbrados a ensillar resentimientos. Los caudillos, como decía Mauricio Sáenz en su libro sobre estos infaltables megalómanos, “llegan al poder ‘a regañadientes’, como ‘salvadores’ o ‘restauradores’ de la patria, y su primera preocupación se centra en que su ‘revolución’ rompa con el pasado para ofrecer, ahora sí, una ‘verdadera democracia’”. Les priva acabar con todo, especialmente la Constitución y la iniciativa privada. Suelen los caudillos revolucionarios presentarse como la cura para el cáncer del abuso capitalista, y terminan siendo eso: un químico tan tóxico, que acaba con el cáncer solo para someter a la sociedad a una dolencia inenarrable. Lo menos grave, en el caso venezolano, es que se hunda el país: el problema es que, idos los maduros y los diosdados, el país tardará en recuperarse. Entre otras, porque han dejado sembrado el mensaje de que es posible tener una vida medianamente decorosa sin trabajar mucho, a la sombra de un gobierno paternalista. La revolución incentiva la vida muelle. Por eso no pueden caminar sin muletas: el revolcón venezolano sin Pdvsa no es nada diferente a un club de incompetentes de mediocre factura, a los que el oro negro convierte en próceres. Sin petróleo, o con precios adversos, el discurso chavista pierde brillo y queda reducido a lo que es: una perorata, una colcha de retazos cosidos con el populismo más barato que se consigue en el mercado. Privados de los ingentes recursos que produce el crudo, revoluciones como la de los vecinos revelan la más efectiva y sofisticada de sus estrategias para satisfacer las necesidades del pueblo: la fila.En la fila, precisamente, está Diosdado Cabello, cuya honestidad es tan sólida como la voluntad del drogadicto, y que, con paciencia de hiena, espera ayudar a cargar el féretro de Maduro para hacerse al poder y darle un portazo a la esperanza que hoy tiene la oposición de que Venezuela vuelva a ser una democracia efectiva. López, Machado, Capriles, Ledezma... todos sueñan, pero saben que Cabello no tiene un pelo de bobo. Ultimátum: Le tomo prestada a Diego Martínez Lloreda una frase de su columna del viernes para rematar la mía: “Angelino Garzón dejó claro que solo acata la ley cuando está de acuerdo con ella o cuando le conviene. Lo cual, para alguien que busca ser alcalde de Cali o Bogotá, no es ninguna pendejadita”.

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