Calidez y Cali, ¡diez!

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Calidez y Cali, ¡diez!

Mayo 31, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Allá en los setenta, cuando los recuerdos de los sesenta daban la lucha por no convertirse en los livianos ochenta, tenía yo algo así como diez años. De Cali sabía lo que me decían, y me decían que era la ciudad más cívica de una Colombia con evidentes inclinaciones hacia la chabacanería. Incluso recuerdo haber visto en cine un corto sobre la Cali de las filas ordenadas, la Cali incapaz de tirar basuras en la calle, la Cali que cedía la vía, la Cali del reclamo cortés. Bastaron un par de comentarios oídos en visita de amigos a mis padres, y ese pincelazo fílmico, para que aceptara sin miramientos que Cali era la sucursal del cielo. Y cuando vino el desastre de los dineros oscuros, y tanta gente dejó de ser gente, por Cali no sentí nada más que genuina tristeza. Como la que me producía ver, ya en la adolescencia, lo que pasaba con Medellín, mi ciudad, la ciudad de mi familia. La verdad, vaya usted a saber por qué, crecí creyendo que los caleños eran un poco paisas, los bumangueses un poco caleños y los paisas un poco bumangueses. Quizás esa exótica identificación entre gentes de latitudes tan diferentes me ayudó a que nunca me prestara para la facilista canallada de echarle a Medellín (o a Cali) la culpa por las tragedias delictivas de un país que ha hecho de la violencia un credo. En los momentos más trágicos y dolorosos de Cali, había algo determinante que me mantuvo firme en la idea de que la ciudad valía la pena: los caleños. En medio de las tinieblas, todos los caleños que se me cruzaron por la vida brillaban. Amables, gratos, naturales, confiables y con fuego interior. Así son. Cali es los caleños. Lo demás son paredes y calles. Será por eso que hace 73 semanas (¡juro que llevo las cuentas!), cuando firmé mi primera columna en este periódico, me llené de orgullo. Columnista de “El País” de Cali, ¡hágame el favor! Y algo de alegría extra me vino al haber heredado el espacio editorial de mi admirado Antonio José Caballero. Por eso sus maravillosas “caballerías” dominicales se convirtieron, a manera de diminuto homenaje gramatical, en mis modestas “opinadurías”. “De Cali se habla bien”, son las palabras que mueven las páginas de esta edición, y me las tomo como la más placentera de las órdenes, porque acompaño a los caleños en la emocionante tarea de refrendar votos de cariño y caleñidad. El caleño tiene guaguancó, y se le nota apenas abre la boca. Los colegas de la redacción, cuando el año pasado Cali cumplió 478 años, se ocuparon de explicarnos el origen de cómo se presentan las cosas salidas de una boca caleña: “Los caleños cambiamos la ‘ene’ por ‘eme’ finales, como ‘pam’ o ‘trem’. Esto solamente se encuentra en Yucatán, México, donde ellos dicen ‘Yucatam’. El vos desapareció en el Siglo XVII de España. En Cali los españoles y sus descendientes siguieron diciendo vos y nosotros lo heredamos”.Pues déjenme hoy a mí abrir la boca (por escrito) para que quede patente, en tinta, que con Cali estamos todos, y que si este país se hubiera armado con un mínimo de lógica, o Barranquilla o Cali habrían sido la capital. Cachacos: de vez en cuando miren hacia Cali y descubran que aquí sí que vibra “El País”.Ultimátum: Sobra gente buena viviendo en Cali, pero quiero dedicar un puñado de líneas a que sienta mi cariño Gladys Cuevas. Ojalá siga en las recepciones del Dann y del Inter, vendiendo sus collares y, a pesar de los golpes que le ha dado la vida, regalando sonrisas. Gran señora.

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