Cafres

Cafres

Abril 29, 2018 - 06:40 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Cuatro de los siete candidatos presidenciales firmaron un pacto por la no violencia. Aldea agreste esta, en la que luego de desmovilizada la guerrilla más antigua (o por lo menos más violenta) del planeta, los representantes de la legalidad tienen que comprometerse a no destazarse.

No violencia, supone uno, entendida como tener un comportamiento impecable en una campaña donde abundan las puñaladas y las flechas untadas de curare. De entrada, parecería propiciarse una suerte de castración al debate, y el compromiso podría traducirse en talanqueras que harán aburrida la confrontación de las ideas. Violencia, no. Nadie la quiere. Como tampoco anima la perspectiva de candidatos forrados en artificial corrección.

Firmas que no pasarán de ser un saludo a la bandera, porque los postulados no son personas: son marcas colectivas. Tras de cada uno hay cientos de miles de almas incontrolables que dan rienda suelta a sus pasiones, sobre todo en las cloacas de las redes sociales.

Los candidatos pueden jugar a cancilleres, pero sus filas rebosan de francotiradores verbales y canallas que aprovechan el anonimato. Ellos son la chispa que cae sobre los caminos de pólvora que conducen el ego de los aspirantes.

Los organizadores de un foro (¡uno más!) en la Universidad Sergio Arboleda tuvieron la idea de conseguir estas firmas tras descubrir que el veinte por ciento de ocho millones de mensajes de corte político, en redes, eran generoso espejo de intolerancia y polarización.

Precaria zona de tolerancia que durará lo que una bola de helado en Barranquilla. Paz centrodemocrática que alteran los trinos de Uribe hablando de ‘buenos muertos’ o del pánico que deben sentir los periodistas si su candidato es presidente.

Paz verde (de la ira) que parece tambalear cada que Claudia López gradúa de hampones a los contendores del muy contenido Sergio Fajardo. Paz radicalmente sacudida cuando Vargas Lleras, envuelto en el mosquitero de la indiferencia, parece no sentir el zumbido de ñoños y musas. Paz petrificada en un pasado de odios y resentimientos que pasará, a juzgar por las encuestas, al agrio futuro de la segunda vuelta.

Los pactos por el respeto se firman con babas y con babas se sostienen. Sus auspiciantes obran de buena fe, aunque sin entender que pedirles a nuestros políticos límites a la agresión y a la calumnia es como esperar patillas de una palmera. Lo que da la tierrita, porque brotaron los candidatos de solares tropicales donde los problemas se resuelven con plomo y los honores se recuperan a machetazos.

No estamos acostumbrados a la paz. Somos el náufrago de balsa que, luego de semanas de inanición, sube al barco que lo rescata y se da un atracón de comida que le cuesta la vida. Los ladrillos que nos ponen en la mano para construir un nuevo país los usamos para descalabrar al vecino.

Colombianos: bestias agresivas a las que les resulta más cómodo deshojar las margaritas que hablan del ‘país de mierda’ que recordó César Augusto Londoño el día en que asesinaron la risa.

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Ultimátum.
Recomiendo el nuevo álbum de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Dirige el maestro Leonardo Marulanda y produce Julio Reyes Copello. Pasillos, bambucos, aguabajos, joropos, cumbias, vallenatos y porros, hacen de ‘50 años tocando para ti’ un trabajo que nos atraviesa el corazón. Un regalo emocionante de la OFB y su directora general, Sandra Meluk, para un país que cabe en 54 minutos.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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