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Octubre 06, 2019 - 06:40 a. m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Hace poco recibí una caja con el logo de Haceb, una de esas marcas tradicionales que nos han acompañado a los colombianos por décadas. Dentro, había una sencilla pero bella cocineta verde, con cierto aire retro. Venía acompañada de una carta.

Contaba la historia de un hombre humilde, huérfano de padre, que, habiendo tomado un curso de electricidad, decidió cambiar la vida de su madre. Para que no siguiera esclava de la cocina de leña, unió esfuerzos con un amigo latonero y diseñó una parrilla rudimentaria (similar a la de la caja) que funcionaba con corriente. Cinco años después, estaba dando vida, en 1940, a lo que se convertiría en el Haceb de hoy.

Me pareció un lindo recurso publicitario, repleto de historias de un tipo que, por las fechas de la nota, debía haber muerto hacía años. Pero como la carta estaba firmada por un tal José María Acevedo Alzate, me puse a averiguar cuándo había fallecido para comentarlo en Caracol Radio.
Sorpresa: no solo estaba vivo, sino que tenía cien años. Entendiendo las limitaciones de alguien con tan avanzada edad, pedí hablar con él y, para mi sorpresa, aceptó conversar conmigo.

Descubrí a un José María único e irrepetible. Un señor que madruga todos los días para ir a trabajar y que construyó una empresa fundándose en el secreto del éxito en su ramo, sin haber recibido ningún tipo de instrucción superior: hacer cosas de buena calidad a precios al alcance de todo el mundo.

Su empresa, siempre con él al frente, está próxima a celebrar 80 años, y la sacó adelante partiéndose la espalda. Comenzó con el respaldo de un ayudante, en un espacio de 25 metros cuadrados y un capital de 90 pesos. Hoy opera en un parque industrial de 300 mil metros cuadrados, cuenta con 3500 empleados y registra ventas anuales cercanas al billón de pesos.

Amparado en ideas preconcebidas, esperé que este centenario me diera maravillosos consejos y me permitiera beber en su santo grial del triunfo. Lo que descubrí fue a un hombre de asombroso sentido práctico, que no da consejos a nadie, que reconoce a la necesidad como madre de toda industria y que sobre lo que fabrica dice: “A las cosas que hacemos se les ve el principio, pero casi no se les ve el final”.

Hay muchos josemarías en Colombia, y a ellos, que han entendido cómo el trabajo recto es la base del desarrollo y que reinvierten lo que ganan en sus empresas y en la generación de empleo, les debemos mucho. Que se vayan marchando es algo triste, pero natural. Y nada podemos hacer.

Pero deberíamos asegurarnos de que detrás de ellos vinieran nuevas camadas de trabajadores con tesón e ideas. Puede usted llamarlos emprendedores, si prefiere estar a tono con los tiempos que corren, pero lo clave es que, independientemente del gafete, existan. Son la base del progreso y sobre ellos construiremos esa Colombia con la que todos soñamos despiertos.

Por cierto, don José María adora a sus empleados y les reconoce créditos en su éxito. Ya en la vida privada, es un consumado ajedrecista para el que, tomen nota, las personas nunca han sido simples piezas en un tablero.

***

Ultimátum.
Cuando un álbum cumple 50 años, solo hay dos escenarios posibles: es una reliquia o un clásico de admirable vigencia. Este último escenario es el del ‘Abbey Road’, de los Beatles. Vale la pena disfrutar la versión 2019, en cuyas nuevas mezclas participó Giles, hijo de George Martin, quien fuera el productor del cuarteto. Para decirlo en términos muy claros: de rechupete.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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