Asesinos por naturaleza

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Asesinos por naturaleza

Octubre 13, 2019 - 06:40 a. m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Ningún loro orejiamarillo ha podido repetir la palabra fracking. Mucho menos se sabe de alguno que pronuncie la frase ognorhynchus icterotis. La tortuga carey no deposita toneladas de excremento, por medio de tuberías, a pocos metros de donde nadan alegremente las otras tortugas. Y no hay antecedentes de que las carey hiervan a las golfinas vivas para preparar la sopa del almuerzo.

El mono tití cabeciblanco salta de árbol en árbol y existe la posibilidad de que con sus escasos 590 gramos de masa corporal rompa una rama, pero nunca se los ha visto aserrando extensas zonas de bosque para fabricar objetos de consumo masivo o decoración. Tampoco convierten a los árboles en papel delgado para limpiarse el trasero después de defecar.

Calumnia sería decir que un oso andino arranca trozos de las entrañas de la tierra, excavando túneles, para fabricarse sus anteojos; mucho menos las monturas. Por molesto que esté, y a pesar de que tiene cinco dedos, no posa ninguno sobre un gatillo para resolver problemas de territorialidad. Por lo general es herbívoro y, de todas maneras, solo mata para alimentarse. En sus cuevas no se han encontrado piezas de ajedrez o ceniceros de marfil.

El manatí tuvo la tentación de construir embarcaciones que agilizaran su desplazamiento por los ríos, pero seguramente pensó en que, con los motores, terminaría llevando combustible y aceites a su hábitat y se abstuvo de hacerlo. Los manatíes pasan la vida de manera muy discreta, comiendo plantas ribereñas y del lecho de los ríos. Cuando están aburridos, se asoman a la superficie, quizás para tatuarse alegremente con las hélices de las embarcaciones y tienen la mala costumbre de entrometerse en las actividades de pesca, solo para perder la vida en manos de lo que llamamos ‘vida inteligente’.

En alguna época se habló de que en el Parque Nacional Natural Los Katíos las dantas regentaban una próspera fábrica cuyas chimeneas lanzaban a la atmósfera humos tóxicos. Al parecer, estas astutas dantas, aprovechando el descuido de las autoridades, sepultaban los desechos de su factoría en los lugares donde paseaban otros seres vivos. La danta es un animal muy terco y antisocial: de hecho, se dice que asesina con sus propias patas a quienes le reclaman por contaminar.

Los leopardos cazan. Y no precisamente para comer. Está documentado que el leopardo embosca al rinoceronte y le descarga munición con rifles de alta precisión. Antes de disparar, el furtivo felino paga enormes sumas a otros cuadrúpedos, que le facilitan la práctica de esta actividad ‘deportiva’. Con un poco de suerte, usted verá fotos del sonriente leopardo en redes sociales, junto al cadáver del rinoceronte. También podría tratarse de uno de sus primos, el jaguar colombiano, pero seguramente el fardo a su lado no sería de rinoceronte, sino de alguna otra especie que asesina para experimentar un placer desmedido y cuya carne no come.

Pobre ser humano, rey de la creación, pero siempre rodeado de criaturas salvajes y peligrosas. Dios (o la química universal) le dio un bello planeta como hogar, pero parece que sus vecinos se los proporcionó Satanás. Quiera la Providencia que el valioso sapiens sobreviva a la barbarie de los seres que lo rodean y pronto pueda trepar en naves espaciales que le ayuden a propagar su civilización maravillosa por el cosmos.

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Ultimátum. La Justicia solo es buena cuando decide lo que me satisface. Por eso Colombia está como está, con o sin monja de por medio.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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