Winnie the Pooh

Winnie the Pooh

Diciembre 28, 2018 - 11:55 p.m. Por: Gustavo Duncan

Como bien lo ha descrito James Scott en su libro Los dominados y el arte de la resistencia, en el ejercicio del poder tanto los dominados como quienes gobiernan desarrollan discursos que justifican sus acciones y sus demandas a la contraparte. Para cobrar impuestos, enviar a jóvenes a la guerra o simplemente para exigir determinados comportamientos, los gobernantes y las élites deben elaborar argumentos convincentes a sus gobernados.

No todo puede lograrse por la fuerza o por el peso de riqueza. Un discurso que legitime el poder es indispensable para reducir los costos y las dificultades de gobernar. Y ese discurso, por lo general, está basado en la conveniencia de los sacrificios que deben hacer los dominados para su propio futuro. Es decir, lo que se exige debe tener la apariencia que es por el bien de los gobernados y, en ningún modo, para beneficio propio sobre el bien colectivo.

Es obvio que en muchos casos el discurso justificador del poder es difícil de creer ante la contundencia de los hechos. En Venezuela, por ejemplo, el hambre junto a la opulencia de los líderes chavistas hace imposible creer que todos los sacrificios que se le exigen a la sociedad tengan como sentido preservar una revolución pensada para los pobres y no, como los hechos lo demuestran, proteger a una camarilla que se apropiado del gobierno para enriquecerse.

De manera análoga, los dominados deben elaborar discursos convenientes para exigir concesiones a quienes detentan el poder. En principio, las probabilidades de recibir algo a cambio son mayores si en el discurso de exigencias se hace un retrato halagador. Si quieren ser una copia fiel del retrato que han hecho de ellas, las élites tienen que mostrarse generosas. Ahora bien, si en el largo plazo los dominados sienten que sus demandas son ignoradas o que las condiciones de dominación son demasiado oprobiosas pueden pasar de un discurso halagador a un discurso explícito de su inconformismo.

Por algo, bajo esas circunstancias y en regímenes autoritarios, los poderosos se ven tentados a imponer restricciones a la libertad de expresión. Una de las grandes ventajas de la democracia es precisamente que los dominados pueden hacer explícito su inconformismo a través de numerosos canales y los poderosos deben contener su capacidad de retaliación.

Y, hay más, incluso en las peores circunstancias del autoritarismo. Scott habla de otro tipo de discurso, el irónico, en que los dominados sin hacer explicitas sus quejas hacen uso del doble sentido para no dejar dudas de su inconformismo pero para no justificar retaliaciones de los poderosos. Claro está que cuando el doble sentido se masifica la reacción de los poderosos puede ser severa.

Justo eso acaba de ocurrir en China. La imagen del presidente Xi Jinping se viralizó a través de su parecido con el osito Winnie the Pooh. Si alguien quería burlarse o hacer un reclamo al gran líder bastaba con usar al osito. Ahora es más difícil. El gobierno chino acaba de prohibir cualquier alusión a Winnie. En las redes sociales está prohibido utilizarlo y cualquier búsqueda que lleve a una página de él se tropieza con la advertencia “este contenido es ilegal”.

Peor resultó el caso de un peruano que trabaja disfrazado de Winnie para los turistas en la Puerta del Sol en Madrid. Durante una visita de Jinping la Policía le pidió que se retirara. No querían ofender al gobierno chino.

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