Sinaloa

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Julio 06, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

La mayoría de los narcotraficantes de México provienen de la sierra de Sinaloa y de sus valles aledaños. Los famosos ‘Chapo’ Guzmán y ‘Mayo’ Zambada son de allí. Al igual que sus enemigos los Beltrán y los Carrillo. La vida de cada uno de ellos está asociada además a las redes de parentesco que se crean entre los vecinos que habitan un caserío. Acá llaman ranchos a esos caseríos. Hay un corrido que cuenta de qué rancho es cada apellido de los más reconocidos capos como si se tratara de clanes de guerreros medievales. La historia de estos campesinos venidos a narcos es vieja. Arranca mucho antes del boom de la cocaína colombiana. Los cultivos de marihuana y amapola de la Sierra ya abastecían parte del mercado de Estados Unidos en la primera parte del siglo XX. En ese entonces las ganancias no eran suficientes para alterar el orden establecido. El gobernador podía desde la capital, Culiacán, controlar a unos campesinos que a pesar de todo su atraso estaban a cargo de sembrar, procesar y colocar la droga en el principal mercado mundial. Él se quedaba con la tajada del león.El sistema político facilitaba la tarea. El partido único de gobierno, el PRI, proveía a sus gobernadores con el aparato represivo para persuadir a cualquiera que se saliera de línea. A finales de los 70, presionado por Estados Unidos, el gobierno lanzó la Operación Cóndor contra los cultivos de la Sierra. Los campesinos fueron oprimidos agudizando aún más su natural desconfianza del estado. Como siempre la corrupción estaba detrás. Las autoridades advirtieron a los grandes capos que se fueran a Guadalajara. En la segunda ciudad de México los campesinos llamaron la atención con sus botas de piel de avestruz, sombreros vaqueros y rifles AK-47 ‘cuernos de chivos’. Les llamaron el Cartel de Guadalajara pero eran de Sinaloa.Con el boom de la cocaína colombiana finalmente los campesinos de la Sierra tuvieron los medios económicos para desafiar el poder de los gobernadores. La democratización del sistema político facilitó las cosas. El gobierno local ahora no contaba con el apoyo irrestricto de la policía y el ejército nacional para imponerse sobre los narcotraficantes. En Culiacán se rumora que hace unos pocos años la escolta de un gobernador fue sometida en un lugar público. No querían matar al aterrado político. Era solo para que no le quedara duda de quien mandaba.Pero la autoridad que ejerce el narco en Sinaloa no es solo un asunto de fuerza. La producción de los campesinos de la Sierra es la que mueve el mercado local. Aquí, a diferencia de muchos lugares de Colombia, no hay vergüenza en admitir lo obvio. Sin ellos la vida económica no sería igual. “La situación es buena si el gobierno deja trabajar” dicen los taxistas. En las calles se paran bellas mujeres a hacerle señas a los carros. No son prostitutas, son operadoras de las innumerables casas de cambio que lavan los dólares que vienen de arriba.Mientras tanto el Chapo y el Mayo se esconden en la Sierra donde están a salvo. Allá cualquiera que entre, sea del gobierno o de los Zetas, es rápidamente detectado por campesinos que se mueven en cuatrimotos, se comunican por radios y cuentan con un armamento que envidiarían las Farc. No hay que reclutarlos. En la Sierra hoy en día es la forma natural de la sociedad. Basta ir a los mausoleos y panteones para ver cómo hay que vivir aquí para morir como un héroe.

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