Redistribución e ideología

Redistribución e ideología

Mayo 31, 2019 - 11:55 p.m. Por: Gustavo Duncan

En un país con los graves niveles de desigualdad como Colombia es importante que exista un sector político fuerte que reclame por la implementación de políticas públicas redistributivas. Tradicionalmente, estos sectores han sido asociados a la izquierda, pero lo cierto es que también sectores de los partidos tradicionales como el Conservador y Liberal e incluso la derecha han abogado por la necesidad, casi que moral, de adelantar algún tipo de redistribución de la riqueza. Al menos para estar al nivel de países similares.

Pero al margen de las orientaciones ideológicas de la izquierda y de la derecha hacia el tema de la redistribución, hay varios elementos que deben ser considerados a la hora de formular políticas en ese sentido. Mucho de lo que se hace está predeterminado por posturas e ideas que funcionan más como dogmas que como herramientas de análisis que permitan comprender los problemas y plantear soluciones. Al menos las distintas ideologías deberían considerar los siguientes dos elementos.

En primer lugar, puede haber mayor equidad sin redistribución. Si la pobreza aumenta en una sociedad la diferencia entre la clase media y alta puede con los más pobres reducirse y en consecuencia, los indicadores de igualdad mejoran. Más aún, los pobres normalmente serían más pobres bajo esa circunstancia. Venezuela es un excelente ejemplo.

La otra cara del crecimiento de la desigualdad es que puede ir de la mano de la reducción de la pobreza. Si la economía crece, así los ricos sean más ricos, los más pobres se ven beneficiados. En la década pasada esto ocurrió en Colombia gracias al ‘boom’ de los precios del petróleo: no mejoró significativamente el índice de desigualdad pero el país creció de manera significativa y se redujo la pobreza.

Lo anterior es una seria advertencia a sectores que están en contra, sin ningún tipo de matiz, a la minería. Es cierto que si es hecha de manera irresponsable puede tener consecuencias catastróficas para el ambiente y que puede generar en una cultura de rentismo entre la clase política y la sociedad. Sin embargo, sin minería no existiría la sociedad como la conocemos. No habría Internet, ni celulares, así de simple. Y, además, si no hay una transformación productiva lo suficientemente rentable para suplir el petróleo, el oro, el carbón, etc., la pobreza aumentaría.

En segundo lugar, la forma más aguda de desigualdad, la de la propiedad de la tierra, no debe resolverse solo desde la perspectiva de entregar tierra a quienes menos tienen. Si de algo tienen hambre los jóvenes campesinos no es de tierra en sí, sino de ingresos para participar en los mercados de masas. La idea bucólica de campesinos extasiados viviendo en sus parcelas en modo de autosubsistencia, aislados del mercado -por consiguiente, del mundo material-, solo existe en las cabezas de activistas de ciudad que cuando deciden, si lo hacen, irse a vivir al campo se juntan solo con activistas como ellos y no con campesinos de verdad.

El punto es entonces que el problema de la desigualdad en el campo pasa por producir fuentes de ingresos para incluir a los campesinos dentro de los circuitos de mercados nacionales. Si la redistribución de la tierra lo facilita, estupendo, pero si los resultados son más efectivos y viables con la llegada de grandes capitales al campo, no debería existir oposición por dogmas puramente ideológicos.

Sigue en Twitter @gusduncan

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