Pesar y rabia

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Pesar y rabia

Enero 17, 2020 - 11:55 p. m. Por: Gustavo Duncan

Con la aceptación pública de que sus antiguos compañeros de armas planearon un atentado en su contra y que gracias al Estado pudo evitarse, ‘Timochenko’ despejó cualquier duda que se trató de un intento real de magnicidio y no una conspiración para tapar el escándalo de las chuzadas.

No es nada nuevo. Las purgas internas en las guerrillas colombianas han sido frecuentes, en especial cuando ocurren procesos de paz. Los sectores que permanecen en armas, en muchos casos, miran a los desmovilizados como traidores imperdonables y los sentencian a la pena capital. Así pasó con el Epl, que se convirtió en sujeto de exterminio por las Farc en Urabá luego que se desmovilizó a principios de los 90, y con Bernardo Jaramillo, quien fue asesinado por los paramilitares pero ya se había convertido en un enemigo irredimible para Jacobo Arenas y otros mandos de las Farc y el Partido Comunista por haber renegado de la estrategia de ‘combinación de todas las formas de lucha’.

Ahora le tocó a ‘Timochenko’ vivir en carne propia el castigo a los traidores. No solo a él. De los asesinatos de guerrilleros desmovilizados esclarecidos por la Fiscalía, al menos 36 se atribuyen a las disidencias de las Farc. Sin embargo, en el episodio particular del intento de asesinato de ‘Timochenko’ se reúnen aspectos adicionales a la típica ‘vendetta’ de quienes apuestan por la paz y quienes permanecen en la guerra.

Luego del proceso de La Habana quedó más claro que nunca que la lucha insurgente no solo no tiene ningún sentido, legitimidad y justificación como herramienta política, sino que tampoco tiene la mínima viabilidad. Tanto así que de seguro ‘Márquez’ y ‘el Paisa’, quienes sentenciaron a ‘Timochenko’ de acuerdo a la versión de las autoridades, continuarían en el proceso de paz de no ser por la filtración del video de la DEA donde ‘Santrich’ aparece negociando varias toneladas de cocaína. Solo les quedaba huir para evitar ser tratados por la Justicia ordinaria.

Produce cierto pesar la forma tan estoica como ‘Timochenko’ acepta la posibilidad de ser asesinado por sus antiguos camaradas. Pareciera no demostrar rencor, sino decepción por la incapacidad que tienen ellos de comprender que los excesos de la lucha revolucionaria son y fueron innecesarios por todo el daño que causan y porque, mal que bien, las instituciones políticas de la democracia colombiana ofrecen alternativas para realizar cambios sociales.

Incluso habló que se encontraba leyendo en medio de lo ocurrido ‘El hombre que amaba los perros’ de Leonardo Padura, una novela que trata sobre un episodio parecido, el asesinato de Trotski por orden de Stalin. Es la narración de cómo la justificación de cualquier medio para alcanzar los fines maximalistas de la revolución termina por tragarse a sus propios autores. Trotski no fue la única víctima de la parodia y crueldad irracional de Stalin. Su verdugo, Ramón Mercader, un comunista convencido es convertido en un sicario sin escrúpulos con la única misión en la vida que matar a Trotski. En eso desperdicia su vida. Algo similar ocurrió con los dos guerrilleros que fueron enviados a matar a ‘Timochenko’ y fueron dados de baja por la Policía.

Pero al tiempo que la actitud de ‘Timochenko’ produce pesar, también produce rabia. Esta fue una guerra innecesaria, en la que si hubieran tenido un poco más de sensatez, gente como él, hubieran podido terminarla al menos dos décadas antes.

Sigue en Twitter @gusduncan

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