Mexicanos

Mexicanos

Abril 20, 2018 - 11:55 p.m. Por: Gustavo Duncan

Los carteles mexicanos siempre han estado aquí. En México no hay cultivos de coca, por consiguiente siempre han tenido que venir a surtirse de cocaína para poder colocarla en el mercado de Estados Unidos. A su vez, para los colombianos es muy buen negocio venderles cocaína porque introducirla directamente a Estados Unidos implica demasiados riesgos y pérdidas. Con razón un agente de la DEA dijo que el principal producto de exportación de los carteles mexicanos es una frontera de varios miles de kilómetros.

Pero al parecer hay cosas que sí han cambiado y necesitan mayor atención. En 2013, durante el trabajo de campo para mi tesis doctoral, entrevisté en Sinaloa a un narcotraficante. A la pregunta sobre dónde llegaba el control de los mexicanos y de los colombianos, me respondió que de Honduras para abajo el negocio era de los colombianos.
No obstante, esa información no fue lo más interesante. Inmediatamente agregó que para los carteles mexicanos lo importante no era tanto ganarse el cambio de precio que hay entre un kilo de cocaína puesto en las costas colombianas y ese mismo kilo en territorio mexicano sino garantizar el flujo permanente de mercancía. Era fácil deducir la lógica detrás de su afirmación. Mientras la diferencia de precio por kilo en el trayecto de Colombia hacia México es de máximo una decena de miles de dólares, lo que se gana al cruzar la frontera y ponerla en el mercado mayorista de alguna ciudad de Estados Unidos es de varias decenas de miles de dólares.

Entonces ¿por qué se comienza a escuchar reiterativamente que los carteles mexicanos han comenzado a venir a Colombia no solo a comprar cocaína sino a financiar bandas armadas y a organizar el tráfico hacia su país? No pareciera ser que la motivación fuera ganarse esa decena adicional de miles de dólares por kilo. La repuesta apunta más por el lado de la necesidad de asegurar el flujo constante de mercancías ahora que los avances del Estado colombiano han creado una situación en que ni guerrillas ni bandas criminales concentran el poder suficiente para ofrecer estabilidad en las rutas de suministro.

La gran paradoja es que el Estado colombiano al desmantelar el poder de los paramilitares de las AUC, al desmovilizar a las Farc y al debilitar al Clan del Golfo, propició un escenario volátil en que no había una fuerza estable con la cual interactuar para recibir de manera constante y periódica los envíos de cocaína colombiana. Había entonces que intervenir y fortalecer, a través de su músculo económico, a aquellas bandas que fueran capaces de imponer algún tipo de orden estable en los territorios productores de coca y cocaína.

Al parecer, es una cuestión puramente de aseguramiento de flujos de mercancía. Es poco probable que carteles como Jalisco Nueva Generación, Sinaloa o los Zetas estén interesados en hacerse a las vacunas que le cobran a los comerciantes, mineros y coqueros de Tumaco y el bajo Cauca. Eso son migajas dentro de la escala de sus negocios, además de imposible de controlar y de extraer a bandas criminales ubicadas a tanta distancia.

Ahora bien, ante el nuevo panorama ¿cuáles son los riesgos latentes? El más obvio es que las disputas entre los carteles mexicanos se trasladen a Colombia. Aquella fuerza que logre asegurar que sus bandas en Colombia le garanticen un mayor flujo de cocaína para exportar a Estados Unidos va a obtener una ventaja invaluable.

Sigue en Twitter @gusduncan

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