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Masacres

Agosto 28, 2020 - 11:55 p. m. Por: Gustavo Duncan

Uno de los temores que había luego que se firmara la paz con las Farc era que el Estado se tomara un descanso y dejara que la situación de seguridad en las zonas periféricas y marginales del país se saliera de control. O, más bien, que volviera a recrudecerse la violencia para que el Estado decidiera por fin salir de su zona de confort luego de décadas de guerra contrainsurgente y afrontar el nuevo problema que tiene de bandas criminales disputándose los cultivos, laboratorios y corredores de cocaína hacia el mercado exterior.

Finalmente, de la forma más dolorosa, las masacres parecieran estar creando conciencia sobre la necesidad de continuar con el esfuerzo de copar el territorio con las instituciones del Estado. ¡Como si no hubiera suficiente con las noticias de asesinatos de líderes sociales y de excombatientes de las Farc! Por más que el presidente Duque hubiera argumentado que las masacres nunca se habían ido y hubiera trinado una gráfica comparando las masacres durante los dos gobiernos de Santos con los dos años del suyo, es evidente que hay una situación que se está saliendo de control.

Pero es una situación muy distinta a la del conflicto existente cuando las Farc y demás guerrillas combatían al Estado y los grupos paramilitares se aglutinaban, mal que bien, bajo el paraguas de la lucha contrainsurgente. Durante el conflicto el propósito de las guerrillas de suplantar el Estado central y reorganizar el orden social, es decir implantar una sociedad comunista, determinó en gran medida la lógica de la guerra y de la respuesta del Estado en todos los niveles, desde su intervención militar y policial en las regiones hasta su oferta de servicios sociales.

Llevar el Estado a las regiones era una necesidad para evitar que las insurgencias marxistas acumularan fuerzas y atacaran los intereses estratégicos del Estado y de las élites nacionales. Puede que nunca tuvieran chance de ganar la guerra, pero el Estado se veía obligado a responder extendiendo su orden y sus instituciones hacia las regiones. De lo contrario el secuestro, la extorsión y el sabotaje hubieran hecho inviable la vida en muchas ciudades del país.

Cuando se desmovilizaron las Farc esta presión terminó. Continuaban existiendo grupos armados, algunos verdaderos ejércitos privados, pero ya no existía un interés en suplantar al Estado central y en atacar los intereses esenciales de las élites nacionales y regionales. El objetivo era ahora convertirse estrictamente en la autoridad local para explotar rentas criminales, en especial del tráfico internacional de drogas. Además, se iban a especializar en regiones periféricas de poco interés para el Estado. De allí que el nuevo eje de la guerra sean regiones como el Pacífico, el Catatumbo, el bajo Cauca, las selvas y llanuras del Suroriente, etc.

El Estado podía descansar pero solo era cuestión de tiempo para que estas organizaciones comenzaran a competir entre sí y para que mataran a cualquiera que desde la sociedad civil local se les atravesara. El incremento de las hectáreas de coca, muy difícil de controlar en medio de la negociación en la Habana, contribuyó además a intensificar la competencia entre bandas. El resultado son las masacres, el asesinato de líderes y desmovilizados de los días pasados.

Es cierto que el Estado no cometió las masacres y los asesinatos pero si no hace nada en la periferia continuarán ocurriendo.

Sigue en Twitter @gusduncan

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