El drama del liberalismo

El drama del liberalismo

Enero 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

El asesinato de los caricaturistas es sintomático de dos problemas propios de las democracias liberales que cuando se mezclan como ocurrió en París, el símbolo de la revolución liberal, pueden ser dramáticos. En primer lugar, las democracias ofrecen oportunidades de expresión y de movilización política a fuerzas antidemocráticas. Cualquier yihadista, extremo izquierdista o aspirante a dictador que quiera destruir sus instituciones puede hacer uso de ellas. La democracia le garantiza libertad de expresión, de asociación y la posibilidad incluso de participar en la competencia electoral.La democracia liberal no está indefensa. En principio su arma más poderosa es la legitimidad que obtiene de ciudadanos que aprecian su libertad y que no están dispuestos a entregar el poder a un gobierno que reduzca sus derechos básicos. En consecuencia, los sectores extremistas rara vez tienen la oportunidad de obtener mayorías electorales, por lo que no está a su alcance el control de las instituciones democráticas para destruirlas desde adentro.Por supuesto, casos se han dado de extremistas que han llegado al poder mediante elecciones. El más famoso sea quizá el de Hitler. Más cerca en el espacio y en el tiempo está Chávez, quien destruyó las bases de la democracia en Venezuela así todavía tengan lugar elecciones. El propio Uribe cuando fue ambiguo con su aspiración a un tercer período presidencial estuvo a punto de traspasar un delicado umbral.Pero estos son casos relativamente excepcionales. Lo usual es que los sectores extremistas solo se convierten en una amenaza para la democracia cuando apelan a medios violentos. Las Farc en Colombia y los yihadistas en Europa están a años luz de concentrar respaldo popular suficiente para ganar una elección. Aun así, la democracia les ofrece un medio ambiente propicio para atacar a sangre y fuego sus instituciones.El segundo problema tiene que ver con falencias estructurales del sistema. Por más que los gobiernos se comprometan con la premisa liberal de igualdad de oportunidades siempre existen inequidades estructurales que son un fogón de resentimiento entre los más excluidos, principalmente entre la población joven. No es solo una inequidad económica. Los temas raciales, religiosos, la distancia entre el campo y la ciudad, los contactos sociales, etc., son asuntos de peso para determinar las oportunidades de realización de la población.No es casual que muchos jóvenes excluidos canalicen su frustración por la falta de oportunidades hacia causas extremistas. Desde el delirio criminal de Pablo Escobar hasta la promesa de redención social del Che Guevara o de pureza religiosa de Bin Laden pueden convertirse en alternativas atractivas para ocupar una posición superior en el orden social. El tema no es tanto el contenido en sí de las causas como el hecho que comprometerse con un movimiento antidemocrático ofrece una oportunidad que el liberalismo niega a los excluidos.Por eso cuando coinciden extremismos políticos y frustraciones sociales en las democracias liberales los resultados pueden ser dramáticos. Mientras que para los líderes religiosos el asesinato de los caricaturistas fue un castigo justo contra una afrenta intolerable dentro de su concepción de la sociedad, para los asesinos fue tan solo un mecanismo de redención de su origen en una minoría religiosa que es marginal en la sociedad.

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