‘Break dance’

‘Break dance’

Febrero 08, 2019 - 11:55 p.m. Por: Gustavo Duncan

En una entrevista en Cali a antiguos miembros de bandas criminales, uno de ellos contaba cómo a finales de los 80 las pandillas de la ciudad estaban más interesadas en bailar ‘break dance’, el baile de moda de la época, que en cometer delitos. El contraste con Medellín era extremo: las pandillas allí se habían convertido en temibles bandas capaces de hacer la guerra contra el Estado de la mano de Pablo Escobar.

¿Qué pasó en Cali para que las pandillas locales no tuvieran en un principio la capacidad delincuencial de Medellín? La respuesta obvia que, además ha sido trabajada en varios artículos académicos, ha sido el papel de Escobar en la organización, financiación y dotación de armamentos a las pandillas y grupos delincuenciales de la ciudad. Eran la mano de obra para su guerra contra el Estado.

Mientras tanto los narcotraficantes del Cartel de Cali, liderados por Gilberto Rodríguez Orejuela, optaron por una estrategia diametralmente opuesta. Prefirieron aliarse con las élites de la ciudad, con la clase política nacional y con las fuerzas de seguridad del Estado para generar el menor desorden posible. De hecho, a principios de los 80 eran cuantiosos los casos de limpieza social en Cali.

Sin embargo, a principios de los 90 las pandillas comenzaron a transformarse en oficinas de cobro. Recibían cuantiosos pagos de narcotraficantes como Orlando Henao e Iván Urdinola para que apoyaran desde la misma ciudad la insubordinación del Cartel del Norte del Valle contra el Cartel de Cali. En adelante, los capos del norte del Valle no serían más los trabajadores de los Rodríguez Orejuela y sus asociados. Luego, las oficinas recibirían dinero de Don Diego y Varela en la guerra para decidir quién se iba a quedar con el título del gran capo del norte del Valle.

Aparentemente, el asunto de un gran grupo de adultos con experiencia en complejas empresas criminales que impone disciplina, financia y organiza a los grupos de jóvenes marca la diferencia entre un problema de pandilla y uno de estructuras mafiosas. La criminología hace rato que ha identificado este patrón en las trayectorias de los grupos delincuenciales de jóvenes en comunidades excluidas.

Tan relevante es el papel de los grandes grupos criminales que en el caso de Medellín, la imposición de Don Berna como el gran jefe de la criminalidad a finales de los 90 tuvo repercusiones de largo plazo en el comportamiento de las bandas y combos de la ciudad. Berna cambió la estrategia de enfrentamiento con el Estado por la de mantener un orden en que los bandidos reducían sus actividades delictivas a cambio de pagos por extorsión, el control de mercados monopólicos, la venta de servicios a narcotraficantes, etc. En suma, delitos muy rentables que afectaban poco la seguridad cotidiana en comparación con atracos o asaltos callejeros.

Cuando Berna fue extraditado, las bandas y combos pudieron sobrevivir mediante este tipo de actividades. En cambio, en Cali cuando Don Diego y Varela acordaron poner fin a la guerra, las oficinas de cobro dejaron de recibir pagos del narcotráfico y la mayoría volvieron a su estado original de pandillas. Sobrevivían de delitos comunes y corrientes.

En términos de política pública el mensaje es obvio, el Estado tiene que desarticular el vínculo entre grandes organizaciones y jóvenes vulnerables para impedir que el ciclo de criminalidad organizada se repita.

Sigue en Twitter @gusduncan

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