La utopía centennial

La utopía centennial

Junio 02, 2019 - 11:55 p.m. Por: Guillermo Puyana Ramos

Emma González tiene 19 años de edad y Greta Thunberg 16, son representantes de la generación centennial que desde experiencias diferentes y en escenarios apartados por miles de kilómetros le hablaron al mundo con dolor. Emma recordó las vidas que se transformaron tras 6 minutos 20 segundos en la escuela Stoneman Douglas de Parkland, Florida: “6 minutos y 20 segundos con un AR-15 y mi amiga Carmen nunca más se quejaría de su práctica de piano… Alex Schachter nunca volvería a entrar a la escuela con su hermano Ryan”. Greta entró en Londres a uno de los recintos sacros de la democracia a hablarles a los circunspectos parlamentarios de su hipocresía. “Nos mintieron, nos dieron falsas esperanzas, nos dijeron que el futuro que se mira hacia adelante”. En la oscuridad y el caos de un mundo que retiene el aliento al borde del abismo, los centennials pueden ser la primera generación en décadas que tiene una utopía.

Desde hace cincuenta años cuando la última generación utópica se fue rindiendo enterrando sus íconos culturales y políticos, las que siguieron no construimos un sueño común, fuimos incapaces de acabar con los problemas reales que llevaron a buscar una práctica rebelde hacia un mundo mejor, una alternativa humana a la locura racista, la crueldad colonialista y el sadismo que se solaza en la desigualdad. Todo eso se disolvió en la sicodelia inútil.

La generación que siguió a los años 60 entronizó el hedonismo, el cinismo político y el lucro inmediato, entre más rápido y más grande tanto mejor. Mientras hubiera riqueza y placer, los problemas del mundo siempre serán de otros y no era necesario plantearse el futuro en ningún sentido y por eso los llamaban “veinteañeros desenfocados”. Los millennials que siguieron no son interesantes, viven en la obviedad afirmativa de la rectitud política que ha dado paso por un lado a una reducción del espacio para el pensamiento libre y el debate abierto y a la implantación de una dictadura de la superioridad moral que de liberal no tiene sino el nombre.

Los centennials tiene en cambio algo diferente, denuncian el cinismo y la hipocresía, ven con claridad el peligro del mundo en el que están entrando a vivir y en el que trabajarán, tienen la lucidez del que percibe el riesgo de la subsistencia. Son articulados, inteligentes, ilustrados y globales y se plantean un mundo alterno a la insania que nos ha dejado el consumismo y la desigualdad.

Por otra parte están decididos, son enfocados y determinados. Emma movió a un país y arañó unos pocos logros en el control de armas, nada aún que cambie el panorama para siempre, pero es que tiene 19 años. Greta tiene logros más simbólicos, manifestaciones de admiración y ovaciones de pie en salones repletos de hombres y mujeres que representan el mundo político, la abigarrada burocracia estatal y el codicioso mundo corporativo que pusieron al mundo donde hoy está y a los centennials a mirarse a sí mismos en un futuro brumoso de smog y basura plástica, pero es que ella solo tiene 16.

Que recuerde, no hubo Emmas ni Gretas en mi generación, como sí las hubo en los 60 guardadas proporciones. Y no parecen imposturas mediáticas, ni fallas programadas de la ‘Matrix’ para justificar su propia existencia. Se ven auténticas y de la rabia y la frustración están sacando algo mucho más valioso que puro activismo de coyuntura, están ofreciendo a su generación un mundo alternativo concreto, una utopía menos abstracta que las de los 60, una que implica una revolución en las ideas y en la práctica.

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