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Joseph Biden, en deuda

Noviembre 15, 2020 - 11:55 p. m. Por: Guillermo Puyana Ramos

Luego de 2020 los norteamericanos no pueden aleccionar al mundo sobre eficiencia electoral, cuando por su incompetencia se refleja dos semanas después que aún hay Estados contando votos. Además desde la propia presidencia y antes de la ‘verdadera encuesta’, Donald Trump cuestionó la transparencia del proceso en el que iba a participar, creando un galimatías que ha convertido a su país en el hazmerreír del planeta.

Ya se conocen las estadísticas que desagregan los resultados de las elecciones por categorías como raza, sexo, edad, nivel de educación, ingresos y demás. Los resultados son sorprendentes y vale la pena analizar el comportamiento Estado por Estado y particularmente en los Estados pendulares, donde se definió el triunfo de Joseph Biden, así haya sido por un margen mínimo como en Georgia y Arizona.

Contrario a lo que pregonan las generalizaciones y lugares comunes, el panorama es otro. Lo primero es obviamente la enorme participación electoral, la mayor de la historia de los Estados Unidos, bordeando el 70%. Lo segundo es que el voto popular se incrementó de manera equivalente para ambos candidatos, la clave estuvo en que Biden ganó en delegados del colegio electoral en cuatro estados pendulares que definieron la impresionante batalla voto a voto en los condados urbanos y rurales. Ese triunfo fue tan delgado que lo describen como ‘razor margin’, a los candidatos los separa una rendija por la que difícilmente cabe una cuchilla de afeitar.

El dato complicado es el siguiente: contrario a lo que se cree y a lo que indicaría la razón para una presidencia hostil con minorías que descalificó, insultó y discriminó por cuatro años, Trump amplió se participación en el voto negro u latino en relación con 2016. Y no por poco: pasó del 8 al 12% entre los negros, del 28 al 32% en los latinos y del 27 al 34% en los asiáticos. Biden redujo el porcentaje del voto negro respecto de Clinton en dos puntos.

La diferencia está en el voto blanco, que es el 75%. La variación en favor del demócrata fue mínima, pero suficiente para ganar los delegados. En el nacional Biden tuvo 41% contra 37% de Clinton entre los blancos.

Es un resultado difícil de interpretar cuando Barak Obama se empeñó a fondo en la campaña. Puede que hubiera más negros votando esta vez, pero le sumaron menos a Biden que a Trump. Puede estar equivocada Rashida Tlaib cuando dice que los “Black and Brown Neighbors” desequilibraron la balanza y deben ser la base de la estrategia de expansión Demócrata.

Lo que parece que sucedió es que en el cinturón industrial donde están Wisconsin, Michigan y Pennsylvania, el voto blanco giró levemente hacia los demócratas gracias a que Bernie Sanders fue más eficiente con los obreros y agricultores blancos que Obama con los negros. Eso porque Sanders dice que está listo a asumir responsabilidades sustanciales en la administración Biden y Biden se lo debe.

Qué tanto Sanders represente el futuro del partido demócrata está por verse. Entender por qué una persona como Trump toma una porción de votos de una población a la que agrede y desconoce es esencial para no cometer el error de Clinton en 2016 cuando se vanagloriaba de haber ganado en los Estados donde está la mayor riqueza de los Estados Unidos, cuando el pulso es en los condados suburbanos y rurales llenos de clase media y pequeña y mediana empresa, que se le podrá haber volteado a Trump, pero sólo por un margen tan pequeño como una fisura por la que apenas cabe una cuchilla de afeitar.

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