China, Colombia y el efecto Guaidó

China, Colombia y el efecto Guaidó

Junio 16, 2019 - 11:55 p.m. Por: Guillermo Puyana Ramos

La estrategia colombiana de liderar el bloque latinoamericano para aislar al régimen de Nicolás Maduro y obligar su retiro del poder en Venezuela, ciertamente no ha dado resultados, pero en cambio deterioró nuestra relación con China, que históricamente ha sido de muy bajo perfil porque Colombia no ha desarrollado su potencial como país de la cuenca del Pacífico. Este efecto se produjo porque nuestra cancillería hizo reclamos y admoniciones a Beijing para que asumiera unas actitudes políticas totalmente extrañas a los principios de política exterior de China que Colombia hasta este momento había respetado y observado e inclusive adherido.

El 29 de abril 1954 China e India suscribieron en Beijing el tratado Panchsheel para regular el comercio y circulación de peregrinos en la región del Tíbet. En este acuerdo los dos países establecieron lo que se conocería como los cinco principios de la coexistencia pacífica que se recogieron en 1955 en la declaración final de la conferencia de Bandung que es la piedra fundacional del movimiento de los países no alineados. Desde entonces China guía sus relaciones internacionales por el respeto a la soberanía e integridad territorial, no agresión, no interferencia en los asuntos internos, beneficio mutuo y coexistencia pacífica. Lo ha hecho a todo costo, inclusive de su propio prestigio entre sus afines ideológicos, los anteriores países del bloque socialista, cuando en masa y a órdenes de Moscú rompieron relaciones con Chile tras el derrocamiento de Salvador Allende por Augusto Pinochet, mientras China mantuvo las relaciones con el nuevo gobierno precisamente porque consideraba que era un asunto interno de los chilenos cómo escogían sus gobernantes.

Colombia parece no haber entendido la relevancia de ese sistema de principios para los chinos y con la idea de que China puede determinar el curso de los acontecimientos en Venezuela, le ha exigido que se involucre en la solución de la crisis venezolana de una manera tal que significaría intervenir en asuntos que desde los principios de una política exterior diseñada hace 60 años, le corresponde a los venezolanos.

Las cosas se agudizaron a principios de este año cuando Colombia se puso al frente de una estrategia para crear un vacío de poder en Venezuela a través de esa especie de holograma político que resultó ser Juan Guaidó que se ve y se oye, pero cuyo poder no le alcanza para imponer una multa de tráfico en Caracas. Desde entonces el canciller colombiano pidió a China “ayudar a resolver la crisis migratoria venezolana”, seguido por el presidente Duque que en marzo ‘advirtió’ a China no seguir apoyando a Maduro “si quería tener relaciones con América Latina”, unas palabras que no tienen una forma positiva de tomarse y solo pueden entenderse como amenaza.

Además, estas admoniciones son inanes, porque por muy interesados que estén los actuales gobiernos de Argentina, Chile y Brasil en sacar a Maduro, no lo hacen a costa de sus muy sustanciales y rentables relaciones económicas y políticas con China. Por eso el vicepresidente brasilero Hamilton Mourao se fue a China en mayo y regresó diciendo que su país tenía posición “pragmática y flexible” con ella, dejándonos solos en la vociferación de las declaraciones del gobierno colombiano que lo único que logran es enfriar unas relaciones que ya estaban menos que tibias.

China nunca ha permitido que se la ponga en semejante entredicho ni siquiera en casos tan cercanos a sus intereses estratégicos como Corea del Norte o Birmania cuando occidente con un discurso similar le ha pedido que ejerza su influencia para lograr objetivos que cree que dependerían del apalancamiento chino. No veo por qué lo haría con Venezuela.

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