Congelados

Congelados

Noviembre 05, 2018 - 11:35 p.m. Por: Gloria H.

Congelar es una manera de detener. O si lo quiere con otra expresión, es semejante a suspender, a pretender utópicamente que no hay tiempo, que no existe el futuro. Permanecer, sin evolución. Estático. Porque definitivamente el tiempo para el ser humano es un elemento indescifrable. Y aterrador. Dominarlo sería un sueño de dioses… ¡estamos lejos! Congelarlo entonces es una utopía y una patología. Aquel que desee permanecer estático, creyendo que puede convertirse y convertir lo que lo rodea en estatua, está fuera de foco. Tiene miedo y tenerlo, claro, no es un defecto. Pero a esta vida venimos a aprender y evadir la realidad no es la solución. El miedo debe enfrentarse, hay que ponerle el pecho, sufrir pero solucionar.

Nuestras creencias dependen de la forma como fuimos educados. La muerte no formó parte de las enseñanzas. Infantilmente se creyó que lo que no se nombra no existe. Entonces, silenciar equivalía a desaparecer. Vana ilusión. Pero tampoco, cuando una vez llegue (totalmente predecible) no es sano quedarse adheridos a ella y ‘congelar’ el resto de la existencia. ‘Enterrarse’ con el fallecido es suspender el duelo y vivir para ‘revivir’ un fantasma. Más patología imposible. En Psicología se denomina masoquismo a la actitud de gozar sufriendo. Amarrarse al muerto es un homenaje fallido que ni resucita al que se fue ni aporta calidad de vida a los que quedan.

Por eso impresiona la actitud de los Colmenares. Construir la existencia para darle vida a la muerte del hijo, encontrando una explicación que ‘calme’ su angustia, es increíble. Pero lo particular es que sólo aceptan la explicación que quieren oír porque ninguna otra la creen. La explicación como necesidad de ‘entender’ la muerte pero la muerte no se entiende, se acepta por difícil y sorpresiva que haya sido.

Aun más, en términos espirituales se dice que venimos con el día final ya marcado. Entonces, ¿cuál es el sentido de este proceder? Lo peor es que están condenados a permanecer en la duda porque ninguna respuesta les satisface: el único camino que les queda es la aceptación. De lo contrario se corren muchos riesgos, incluida la enfermedad física. Los duelos congelados, al igual que todas las emociones no dichas, se manifiestan a través del cuerpo para expresar con el órgano indicado, lo que no se habló.

A través de estos años, de acuerdo a sus reacciones y actitudes públicas, pareciera que han ido cambiado de emoción. Al comienzo, hubo un período de mucha rabia… lógico. Ahora aparecen tristes, golpeados, desolados. Como si hubieran sentido que esta lucha con el objetivo de saber, hubiera sido en vano. La vida detrás de una respuesta que no se dio. Entonces, llegó el momento de descongelar el proceso y continuar la vida. El hijo menor, joven, pareciera que hubiera tenido la ‘urgente necesidad’ de satisfacer el deseo de sus padres. Se hizo abogado y espera desde su profesión, encontrar respuestas. ¿Se justifica? No es olvidar al que falleció pero si es continuar la existencia porque el sentido de la vida es el aprendizaje. Frente a las diferentes circunstancias el libre albedrío nos da la capacidad de enfrentarlas sanamente o resistirse a ellas. Esa es la diferencia entre la salud y la enfermedad mental. Los Colmenares siguen decidiendo.

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